Por Paola De Senzipaodesenzi@gmail.com

Fotos: Mauro Bruno Kunath


Silvia Zerbini baila. Cuando habla, cuando escribe y cuando se mueve al ritmo de una zamba, una chacarera, una marinera. Se la ve bailar cuando camina entre la gente, cuando enseña, cuando dirige un cuerpo de baile. En el prólogo del libro que cuenta su vida a través de la danza*, Alejandro Mareco la compara con esa mariposa que bate sus alas mientras en alguna parte del mundo algo sucede: «Silvia Zerbini es la mariposa del efecto, la que llevó la brisa de la danza nacional hasta espíritus y rincones ansiosos de la quietud», dice el periodista

Donde había quietud, ahora está Silvia. Y ella así se define: “Silvia Zerbini es una mujer por sobre todo, una hembra, madre, abuela, que baila. Y hoy más que nunca una buscadora, o mejor, creo que una escuchadora”.

Las palabras, que suenan con movimiento, la describen como es: Inquieta, viajera, emprendedora. Un breve recorrido por su vida dice que nació en Buenos aires, pero vivió más años en el interior, primero en Córdoba y luego en Chilecito, La Rioja. En Villa Carlos Paz  fue que el movimiento comenzó a entrar en su cuerpo: “La chispa para bailar puede haber sido mi abuela materna, el paisaje cordobés levemente. Pero lo que definitivamente me definió en mi manera de relacionarme con la danza, fue la película Mi vida, sobre Isadora Duncan, interpretada por Vanessa Redgrave, que vi cuando yo era ya una adolescente, una joven bailarina de danzas folklóricas”

Se mudó a Chilecito hace tres décadas para dirigir el ballet de la ciudad, una vez que tuvo a sus hijos –Nataniel, Emiliano, Isadora y Candelaria–, y que la vida la puso en diferentes caminos, algunos más difíciles que otros. Ya había sido parte de las compañías de “El  Chúcaro” Santiago Ayala y, de Miguel Ángel Tapia, en Córdoba, y comenzaba a ser aquella Silvia Zerbini, referente de muchos.

Juan Saavedra, Silvia Zerbini y Emiliano Zerbini

Fuiste parte de varias compañías de danza, algunas más complejas en su manera de aceptar los nuevos tiempos, que otras. ¿Qué recuerdos tenés de ellas?

 De cada compañía (y me encanta que no uses la denominación de ballet), aprendí algo, por ejemplificar algunas: de mi gira por el litoral con Jorge Cafrune, allá por el ´71, aprendí lo que es ser un gaucho de verdad, no hacerse el gaucho. Aprendí a no mentir arriba, ni abajo, de los escenarios. De la orquesta de tango de Jorge Arduh, el respeto que debe tener el conductor de una compañía y cómo eso genera respeto entre los integrantes; e inolvidable el amor por su instrumento que tenían todos y cada uno, especialmente uno de los violinistas. De El Gran Ballet Argentino de Miguel Angel Tapia y Carmen Estellez, aprendí muchísimo. La ética antes que la estética, el profesionalismo ante todo y la importancia del sentido que debe tener un espectáculo. También comprendí de todas la importancia que tiene  ser uno con el grupo, ir para el mismo lado, no competir entre los integrantes, y por sobre todo, si uno elige un director, aceptarlo con todo lo que tiene y lo que no.

¿Quiénes fueron tus referentes, y a quienes podes nombrar hoy como tales entre los más jóvenes?

 Tuve referentes como mi madre, que me enseñaba el paso del foxtrot; Gloria López Díaz, la gran maestra a quien seguí; Luis Pérez Pruneda, en la iniciación a la poética de la danza y a amar las letras, y además alumnos a los que escuché. Así fue como mutaron mis sistemas de enseñanza. El Chúcaro, como creador increíble, ya te nombré a Isadora, también Paulo Freire resultó a quien adjudico cuantas estrategias que yo creí locuras. Y hoy creo que hay gente muy potente que ha sabido sostener los lazos de la danza con las teorías, así Sebastián Perez Travieso, de Bahía Blanca, Javier Bautista de San Luis, o mi queridísima discípula Karina Rodríguez quien junto a Jorge Valdivia tomaron, se adueñaron y resignificaron la danza y su proyección social y educativa. ¡Ah! Algo fundamental que no puedo dejar pasar: Ica Novo y Horacio Burgos fueron los dos músicos que comenzaron a abrirme la cabeza para concebir la danza de una manera más total.

En los últimos años, la danza tomó una dimensión mayor, la gente sale a bailar a las peñas, y allí, se libera de prejuicios, incluso bailan quienes no saben. ¿Pensás que parte de esa responsabilidad les cabe a aquel grupo que revolucionó las formas, en el que estabas vos, Juan Saavedra y otros, por ejemplo?

– ¡Totalmente!, creo que nosotros hemos sido maestros que escuchamos las necesidades de estas nuevas generaciones de expresarse honrando la memoria, que supimos sumar, y también equivocarnos, reconocerlo y acompañar a los jóvenes. Dos cosas: hay quien cree que se elige un maestro y éste tiene que ser como lo pensamos, y creo que si uno elige un maestro, hay que aceptar, intercambiar, esperar, interpretar. Y con respecto al “no saber”. ¡Ojo! el saber de nuestro cuerpo social, el saber de la memoria, las imágenes que la vida ha grabado en nuestros cuerpos, no es para ignorarlo.

Lo curioso es que tanto desde lo más tradicional como desde lo más transgresor, se te respeta como referente. ¿Cuál es el secreto?

-Te diré, en primer término, que soy una enamorada de las terminologías, y si nos detenemos un poco, tradicional y transgresor no son tan diferentes, ya que tradicional tiene que ver con traducir. Si queremos traducir la esencia de los hombres de la tierra, de las mujeres que hicieron el camino, de la emblemática figura del gaucho de las pampas, o de los grandes héroes de las civilizaciones americanas -que son las bases del verdadero folklore-, fueron tremendos trasgresores. Por otro lado, el secreto creo que está en respetar un valor muy preciado en los paisanos, y saber caminar juntos aunque pensemos diferente. Pero con respeto y conocimiento, por supuesto.

En plena danza, junto al Negro Valdivia

Hace dos años, Silvia Zerbini fue elegida como directora del Ballet Folklórico Nacional. Una mujer al frente de la compañía de danza más importante del país. Y más: una directora que traía nuevos aires para la danza en una institución que pretende ser la representante de una parte de nuestra cultura.

Mate mediante, Silvia recuerda ese momento y proyecta el destino del ballet bajo su dirección.

Tu elección como directora del Ballet Folklórico Nacional fue celebrada por todos. ¿Qué cosas encontraste allí, en aquel momento del debut?

– Primero, no estoy muy segura de que fuera celebrado por «Todos» (risas). Sé de mucha gente que no se explicaba qué hacía esta vieja, para nada acorde con el molde de la bailarina, encima… ¡de La Rioja!, en este lugar. Y alguna razón tenían, porque yo vengo -como se los dije a los bailarines- de otro planeta, un planeta elegido, construido desde lo más profundo y enteramente artístico, un planeta en donde lo sencillo tiene alto valor, donde el pueblo aún conserva prácticas ancestrales con orgullo y convicción, un planeta que mira para adentro, que cree en la palabra, y en donde el sentido de comunidad no se ha perdido en pos del ·progreso. Esto no es querer parecerse a otros para ser mejor, y esto lo escuché de maestras como la gran (Ana María) Stekelman, cuando allá en los años en que yo iba a tomar algún curso con ella en la Universidad de Córdoba, hablaba de ser original como «volver al origen, ser uno mismo».

¿Qué cosas podes decir -a modo de balance temprano- que hoy que existen, gracias a tu gestión?

 Creo que aún no puede ser visibilizado en una Institución tan compleja, en donde hay una gran diversidad de objetivos, de gremios, de funciones, y en donde hay tanto por trabajar que en los dos años que transité no pude encontrar campo fértil para desarrollar nada de lo que yo tengo y que es lo que esperaban los que estuvieron felices de mi concurso. Lo que pude dejar en claro en estos dos años en Buenos Aires, es que existen dos países al menos: uno es CABA y otro el resto, como dice el gran Pedro Patzer: no vamos a superar la crisis hasta que no comprendamos todos los países que habitan en nuestro territorio.

«Caminar juntos aunque pensemos diferente. Pero con respeto y conocimiento, por supuesto», dice Zerbini.

No hace mucho en una entrevista decías que nadie puede experimentar o improvisar sin conocer su raíz. Esta frase se podría aplicar tanto a la música, como a la danza (siempre hablando de folklore). ¿Sentís que muchas veces la danza se aleja de las formas tradicionales? ¿o ese alejamiento es también una forma de evolución?

– Volvemos a lo antedicho, mirá: uno puede, creo yo -y me nutro de teorías de antropólogos como Kusch o Colombres-, modificar lo que tiene que ver con lo contextual, uno puede realizar procesos de actualización y la esencia no cambiará. O sea, podés tomar la libertad de adaptar las expresiones de los ancestros a los modos actuales, pero… si le ponés dulce de leche al locro, este deja de serlo, ¿qué no?. Entonces, mi idea es tomarse los tiempos necesarios, estudiar relacionando con algún criterio, no circunscribirse a una sola mirada ya que el folklore es tan variado y está en tantas expresiones de las diversas comunidades, recorrer respetuosamente los tiempos y los espacios que determinan estos cambios y… elegir como expresarse. Porque humildemente creo que si no tenes algo para expresar, por ínfimo que sea, no bailes (creo que se puede trasladar a todas las expresiones de raíz popular).

Tu historia es la de una luchadora en varios sentidos: como madre, como trabajadora y como mujer en un mundo signado por la masculinidad. ¿Cómo ves hoy a través del tiempo, el rol de las mujeres artistas, en un presente signado por las luchas femeninas en todos los ámbitos?

– Veo éste tiempo, -hermoso tiempo- de grandes cambios, por lo tanto, con tendencia a los extremos, cosa que sucede siempre en éstas búsquedas. Soy una enamorada de lo natural, que ha sido tan poco respetado, tan poco valorado, y nos ha llevado a extremos que hoy piden a gritos el equilibrio, y en esta balanza, hay que esperar que se vaya para un lado y otro hasta lograr el equilibrio. Todos estos movimientos, surgen por necesidad, y hasta que surjan los caminos, habrá caos, sin duda. Creo firmemente en los movimientos sociales y culturales, como parte de la flexibilidad indispensable para el crecimiento, pero no creo que deban ser utilizados, manipulados, ni tergiversados para intereses de minorías especuladoras. Como dice Morgana, las mujeres debemos asumir nuestro gigantesco poder, los hombres dar energía, o sea luz. Ambos nos necesitamos, por lo tanto debemos aprender a respetarnos. Claro… que el desequilibrio viene desde hace tiempo… y muy disfrazado.

 

*Silvia Zerbini Danza, libro de Andrés Pérez y Silvia Zerbini.

 

 

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