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El río Iguazú es un anciano sabio que recuerda la historia de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, que fue el primer europeo en creerse descubridor de las cataratas del Iguazú, a las que llegó en 1542 luego de padecer naufragios, hambrunas y de haber sido rehén, por ocho años, de los indígenas; fue liberado después de sanar al hijo de un cacique. Cabeza de Vaca ya se había ganado la fama de milagrero desde aquella vez que extirpó una punta de flecha que un indígena tenía clavada en su pecho, era para los aborígenes “un barbado que había arribado del cielo a caballo”. La técnica del aventurero  español era la de  santiguar a los enfermos, su fama era tal, que hasta se corría el rumor de que hubo de despertar a un muerto.  Su destino era el agua, los diversos colores de Dios y la agotadora memoria del sobreviviente. Tal vez haber sido el primer no aborígen en contemplar las cataratas (y dar cuenta de ello) merecía que la vida le cobrara semejantes impuestos. Fue uno de los cuatro sobrevivientes de la expedición de 600 hombres, considerado chamán por los brujos indígenas, entró a la historia de los invisibles al cuestionar el abuso de los conquistadores con los aborígenes. Regresó a España, padeció desdén y pobreza, se internó en un monasterio donde murió.  Dicen que el alma de Alvar Núñez Cabeza de Vaca es una de las barcas que  vagan sin rumbo en el río Iguazú. Cuando al río le preguntan por él, el Iguazú responde con algún modesto naufragio.

 

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El misionero río Iguazú es un anciano sabio que recuerda aquel encuentro que en 1609 tuvieron los guaraníes con los jesuitas, ninguno de ellos imaginó que esa reunión cambiaría la historia de nuestras selvas, nuestros nuestros cielos y nuestras músicas, ya que de aquella confluencia el chamamé adquirió otras dimensiones , ese rezo danza guaraní para los días de lluvia, asimiló también elementos de los jesuitas. Unos a otros se enseñaron idiomas, el castellano que llegó colmado de guerras, naves y un Dios y que apenas cuatro años antes Cervantes lo había utilizado para urdir el Quijote; y el guaraní, esa lengua que nos da palabras – almas y que es pura metáfora. Pocho Roch afirmaba que posee un contenido poético increíble e indicaba como ejemplo: “cabeza en castellano no tiene nada de poesía, pero en guaraní significa el hueso que contiene el alma” . Llegados y oriundos aprendieron a rezarles y cantarles (chamánicamente) a todo eso que unos y otros llamaron Dios, los jesuitas venidos del otro lado del mar y los guaraníes nacidos de este lado de los ríos resistieron la sed de oro de los conquistadores que buscaban el Dorado. Los de la Compañía de Jesús perseguían el Paraíso, y los guaraníes, la Tierra sin Mal, juntos hicieron de su encuentro el nuevo paisaje espiritual de esta tierra. Los jesuitas con sus reducciones y los guaraníes con su presencia mitológica sembraron la identidad de los pueblos litoraleños y del río Iguazú.

Los de la Compañía de Jesús fueron expulsados en 1767, los guaraníes  invisibilizados de la historia oficial,  aquella que insistía con que los argentinos venimos de los barcos, sin siquiera advertir que nuestros aborígenes también nos trajeron sus culturas en sus embarcaciones de ríos, colmadas de himnos mágicos y búsqueda del cielo acá.

Iguazú significa en guaraní «agua grande», será por eso que este río jamás aprendió español, el Iguazú sólo canta en guaraní. Recordemos que para el guaraní cantar es volver a crear el mundo. Cada vez que el Iguazú canta el mundo cambia.

 

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El río Iguazú es un anciano sabio que recuerda aquel hombre que Horacio Quiroga lanzó a la deriva en canoa en un cuento de la selva, había sido mordido por una yararacusú, su machete y su sombrero ya de nada le servían, la caña no apagaba su sed y el tabaco no distraía su muerte, las solitarias orillas no ofrecían a nadie, la soledad también lo había abandonado. Más allá de las fronteras de la soledad sólo queda dejar llevarse por el río, como este buen personaje de Quiroga que eligió entrar a la muerte en el Iguazú.

Ramón Ayala, el Mensú, se atrevió a mirar al río a los ojos y decirle: “Mírame bien, viejo Iguazú,/sé que no sos una postal/ tu despeñada soledad/ me grita: – ¡Litoral!”. A propósito, el Mensú fue premiado por el pueblo de Misiones con un galardón que muy poca gente alcanza, un curso de agua de la provincia de la Tierra Roja lleva el nombre de “Arroyo Ramón Ayala”.

Podríamos afirmar que el Río Iguazú tiene memoria de guerras, fronteras, de colores del pueblo pescador, de las leyendas de dioses indígenas, del andar de las canoas sagradas y de las lanchas contrabandistas, aunque la mayor certeza del río Iguazú es saber cómo se alivia la sed del sagrado yaguareté y cómo se alivia el fervor de emancipación de libertadores como Andresito Guacurarí.

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