Los eximios músicos editaron Souvenirs Panamericanos, un disco en el que el chamamé y el jazz conviven con otros géneros y sonoridades en una experimentación que busca no perder la belleza.


Raúl Barboza y Daniel Díaz son talentosos músicos argentinos reconocidos en el mundo. Los dos viven en Francia, en París. Son vecinos. Cuando el aislamiento por la pandemia del Covid 19 fue inevitable sus encuentros, que otrora habían sido en escenarios o salas de grabación, se volvieron cruces haciendo compras. “Vivimos en el mismo barrio, vamos a la misma carnicería, a la misma panadería”, recordó Díaz quien en esa época asegura haberse entrenido haciendo colaboraciones por Zoom pero que era algo que le parecía ridículo. “Me propuse que cuando todo eso terminara iba a hacer todas las colaboraciones que quería. Primero lo hice con Minino Garay y cuando terminamos ese proyecto nos empezamos a juntar con Raúl”, confesó el multiinstrumentista.

Fue en septiembre del año pasado que Barboza y Díaz se reunieron cara a cara. “En la misma pieza, con micrófonos. Podríamos haberlo hecho sin ser vecinos, pero creo que el hecho de serlo facilitó la cosa y nos mantuvo en contacto amistoso, aunque no tocáramos”, agregó.

Ahí, en ese encuentro fue que comenzó a tomar forma Souvenirs Panamericanos un disco que se conoce hoy, pero del que ya venían rotando algunos adelantos en plataformas digitales. Los temas dan una idea de juego musical, de improvisación, de diálogo entre los artistas. “Estoy acostumbrado a trabajar con músicos oidistas, que no leen la partición. Yo soy uno de ellos. Soy un improvisador. Todo lo hago al instante, y se dio de encontrarme con Daniel, que es un artista que tiene facilidad, tiene conocimientos musicales fuertes, y eso me ayudó a saber que él sabía lo que tenía que hacer y yo estar seguro que podía atraparlo en mis juegos musicales”, apuntó a su tiempo Barboza en una comunicación vía Zoom con De Coplas y Viajeros.

 

 

“Tenemos diferencias en la manera de crear y de tocar. Son diferencias que nunca, ni siquiera ahora, nos damos cuenta cuáles son realmente, pero sabemos que tenemos diferencias. Lo que ocurrió es que siendo ya grandes y habiendo caminado algunos países, algunos continentes, muchas de las cosas que cuando sos joven no tenés en cuenta se vuelven importantes, como la de estar libres al espíritu. Daniel tenía algunas melodías, algunos acordes, y yo siempre tengo algunas melodías en la cabeza, entonces fuimos juntando esos pedacitos de papel hasta que organizamos un itinerario musical y fue saliendo esto que salió”, agregó el acordeonista.

En ese ida y vuelta fueron surgiendo los temas en los que chamamé y el jazz conviven con el tango y la música experimental combinando paisajes y emociones, como Toda una Vida Volviendo que inicia con aires de melancolía muy distintos a la sensación de alegría que deja cuando termina. “Ese fue el segundo tema que salió y como con el primero, cuando lo mezcle, vino al día siguiente Raúl y el primer comentario suyo fue «está lindo». Cuando trabajas con música experimental hay cosas que están buenas, que tienen un valor, pero que no se puede decir que sean lindas, son deformes”, dijo Díaz entre risas. Y explicó: “Creo que de alguna forma tácita los dos coincidimos en que no íbamos a hacer un disco de chamamé, sino que íbamos a ir por otros lados. Nos íbamos a ir de viaje, pero íbamos a tratar de no irnos lo suficientemente lejos como para que deje de ser lindo. Tenía que ser lindo. Pueden pasar cosas sofisticadas, acordes muy raros, pero nada podía ir en contra de la belleza, nada justificaba ir en contra de la belleza”.

Y en la búsqueda de esa belleza hubo un juego, un “tomala vos, dámela a mí”. “En Toda una Vida Volviendo yo había escrito la primera parte y se lo pase a Raúl. Él la saco y dijimos: «Ahora viene un puente», y él empezó a hacer un puente en otra tonalidad, en una súper alegre pero el tema era melancólico. En varios temas pasó eso, o Raúl me pasaba una idea y yo la completaba, era como pasarse la pelota, un juego entre compositores”, confesó Díaz y Barboza lo interrumpió: “Eso se puede hacer cuando los que están trabajando o creando se tienen confianza. Yo no ponía en duda en absoluto la capacidad de Daniel y estaba convencido que lo que yo sabía podía ser útil a los dos”.

 

Fotos: Juan Hitters

Los souvenirs del viaje

El disco se iba a llamar Los Vecinos, así lo había pensado Díaz, y Barboza estaba de acuerdo. Pero cuando lo llevaron al productor, a Cézame Music que es el sello que lo edita, les dijeron que, para el francés, para el extranjero, el disco era un verdadero paseo por América Latina. “Nuestra intención fue no evitar o, por el contrario, provocar cualquier tipo de fusión de lo que estábamos haciendo con música de otro tipo. Cumbia, cosas de tango. A ellos les parecía que era un disco muy viajero, muy de ruta. Entonces cuando dijeron ruta, pensé en la Panamericana que tiene una cosa mítica de un viaje iniciático que podés empezar muy abajo y terminar muy arriba. Les dije: «Hagámoslo como un viaje por la ruta Panamericana». Y pensé en la palabra recuerdos, pero tanto en inglés como en francés recuerdos no se entiende bien, entonces apareció souvenirs que se entiende mejor. Ahí quedó souvenirs en francés y panamericanos en castellano. Una palabra en un idioma, otra en otro, pero que todo el mundo sabe de qué estás hablando”, contó Díaz que fue el que se encargó de los títulos de las canciones que integran el nuevo material. “Cada vez que venía a ensayar con él, me encontraba que había una sorpresa agradable y era un título. Me parece bien que haya sido él quien los ponga porque en todos los otros discos que yo grabé era yo el que sacaba los nombres. Me pareció que las ideas de títulos eran nuevas para mí sí los escribía Daniel. Y todos los títulos que sugirió eran los correctos para mí”, confesó Barboza, pero Díaz lo corrigió: “Hubo uno que sugeriste vos”.

Se trata de Detrás del Monte, otro de los simples que se conocieron previos al estreno del disco. “Era una idea que tenía Raúl y que nunca había grabado. Él se acordaba que alguien una vez le había puesto una letra así que le pregunte qué decía y apareció Detrás del Monte ”, relató Díaz y Barboza completó la anécdota: “Eso fue cuando era muy joven, a los 35 o 36 años. Trabajaba con un poeta, conversábamos, comíamos. Hicimos tres temas, uno es este y se llamaba Detrás del monte o Por detrás del monte”.

 

Una vida de rupturas

Cuando comenzaron a salir los simples o adelantos de Souvenirs Panamericanos, Barboza se los mandó a algunos colegas de Corrientes y del sur de Brasil. “Y les gustaron mucho, pero encuentran que hay una sonoridad distinta, una manera diferente en mi ejecución con el acordeón”, contó el músico. “Es normal, no estoy tocando la música con los giros tradicionales sino con los que me gustaba tener desde hace muchos años y que en Argentina no lo podía hacer porque así no se podía grabar”, dijo el eximio músico recordando cómo fue que decidió instalarse en París. “Había una escuela de chamamé de la que yo poco a poco me fui separando hasta que llegó un momento en el que me ofrecieron hacer grabaciones de otros géneros musicales, y les dije que no. Entonces me instalé en Brasil, y como continuaba ese problema decidimos venir a Francia, yo ya tenía 50 años. Venía de hacer una gira por Japón con Horacio Salgán y le dije a mi señora: «Quedémonos en Francia». Ella se vino y empecé de nuevo acá. Nadie me conocía, nadie sabía lo que era la palabra chamamé ni lo que significaba y me pareció lindo para mí empezar a los 50 años haciendo lo mismo que hacia cuando tenía 10 o 14 años al lado de mi papá. Empecé todo de nuevo”, contó quien supo difundir el chamamé fuera de Argentina convirtiéndose en el embajador de la música litoraleña en Europa.

 

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Patrimonio de la humanidad

“Nunca pensé que el chamamé podía tener esa nominación”, aseguró Barboza consultado sobre cómo vivió el hecho de que la Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) declaró al género como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2020. “Cuando me hablaron por teléfono y me dijeron que estaba esa posibilidad, en el momento me pareció raro, pero también me dio la sensación de que era el resultado de un gran trabajo que no fue solamente mío. Hay mucha gente que me dice: «Gracias al trabajo que vos hiciste», pero yo conocí a todos los maestros, empecé a tocar a los 7 años y a los 10 grabé un chamamé de mi papá con músicos de gran talento. De hecho, el guitarrista que me acompaño en ese chamamé era Ramón Ayala que en esa época tendría 23 años”, recordó Barboza con gran orgullo de formar parte de los nombres ligados al chamamé, de haber formado parte junto a Díaz de las vigilias por su declaración como patrimonio de la humanidad y también por poderse correr de una tradición y hacer de su música un espacio único de juego e improvisación que hoy abre un nuevo capítulo, un nuevo compendio de souvenirs obtenidos en el recorrido de la ruta Panamericana.

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