Por Pedro Squillaci | pedrosquillaci@yahoo.com.ar

Ilustración: Enrique Figna


Juan tenía el día libre ese sábado. Bah, libre. Como es un bicho de radio lo habían invitado para el estreno de Juguemos en casa mientras todo pasa en el teatro independiente La Manzana; el Negro Centurión le puso una silla en La Mesa de los Galanes en el bar El Cairo; Néstor Zapata le guardó una entrada para ver el reestreno de la peli Cinema Paradiso, corte del director Giuseppe Tornatore con 44 minutos más en la reapertura del cine Arteón; Pipo Marcogliese lo había invitado a zapar un rato en la batería en el bar El Escaramujo y hasta tenía un par de localidades para ir a ver Divididos en el Anfiteatro. Pero no, el tipo insistía en que ese sábado lo tenía libre. O mejor, lo quería libre. Libre de horarios, no de disfrutes, porque a Juan le encantaba ir a cenar con amigos, a disfrutar una obra de teatro independiente, llorar hasta la última lágrima con una peli clásica, tocar covers del rock argentino con la bata y hacer pogo cantando «El 38, está cargado!», pero….ese sábado lo quería libre. ¿Por qué? Simplemente porque necesitaba tomarse su tiempo para hacer algo clave en la vida de un ser humano. ¿Plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo? No, nada de eso, hacer un asado. Claro que para eso había que tener público, no público de show, público de asado. Y Juan pensó en un unipersonal. Una suerte de stand up exclusivo. Un tipo arriba del escenario y una sola persona en la primera fila. Y si te mira con amor mejor, claro. No podía ser otra que Maite. «¿En serio? Me voy a morir de un infarto. Claro que voy, llevo ensaladas y hago papas fritas», dijo la rubia de rulos tras recibir la invitación.

Juan no tenía un patio taaaaan grande, pero suficiente como para que entrara un chulengo, una mesita, dos sillas y un par de plantas. Maite llegaría a las 8, pero antes el fuego ya tenía que estar encendido, de lo contrario, ¿cuál es la gracia? No podés ir a comer un asado cuando alguien está en plena pre-producción, con las manos negras por el carbón, lleno de humo, transpirado, nervioso porque el fuego no agarra. No, nada de eso, esa previa hay que vivirla en soledad. Y también con disfrute, si todo sale bien. Juan descorchó un malbec de esos que les gusta, esos que paga un peso más pero que se los reserva para el finde, para tomarlo con ganas y con gente del palo. Puso unas papitas de copetín, maní con cáscara, queso barra, unas rodajas de salame picado fino y descorchó.  Mientras el vino se aireaba hizo cinco bollitos con la parte de clasificados de La Capital, puso unas maderitas, vació media bolsa de carbón en el diablito, elegidos uno a uno, ojo, los más chiquitos, los grandotes están para joder nomás. Agarró un fósforo y….nada. Se apagaba por el viento, porque estaban húmedos, por la ley de termodinámica, por el Teorema de Thales o porque era sábado a la noche, pero se apagaba.

Una, dos, tres, diez veces. Juan empezó a transpirar, eran las 8 menos cuarto y si Maite llegaba a horario y lo veía desenfocado, no te digo que se pudría todo pero no garpaba tanto, ¿viste? El fuego no quería arrancar, che. Se encendía el papel y se apagaba, el carbón prendía un poquito y quedaba ahí, la maderita se ponía negra y salía humo, no fuego, mucho humo. «Che Jorgito, ¿me das una mano? Tírame un tip que no puedo prender el fuego», le dijo a su amigo, al que frecuentemente lo llamaba «Yory», cuando no estaba tan nervioso porque el fuego no le prendía, claro. «¿Probaste con alcohol? Es una boludez, ponés algodón, lo mojás con un poquito de alcohol puro y enciende al toque», le dijo. Juan le agradeció, pero no. No tenía alcohol y mucho menos algodón, y bastó con imaginarse la escena con algodón y alcohol al lado de la tira de asado y los chorizos para borrar de un plumazo la propuesta de su amigo. «Es un asado, no una sala de primeros auxilios», pensó. Ya estaba nervioso, no podía negarlo, pero de pronto se le prendió la lamparita, no el fuego, la lamparita, como en las historietas que leíamos de chicos. Se acordó de algo que había comprado una vez y no había usado nunca. Una cajita que contenía 12 pastillas “ecoamigables” y se identificaba como “Iniciador de fuego”. Juan la había comprado en un almacencito de su cuadra, por las dudas, y la tenía en un rinconcito cálido -por suerte, no húmedo sino estaba al horno- de su lavadero.

Faltaban cinco minutos para que llegue Maite. Y Juan apeló al último recurso, mientras el vino se seguía aireando y las papitas fritas ya las tenía atragantadas con el maní. Agarró una de esas pastillitas, hechas con aserrín de madera y parafinas con materia prima obtenida de “recursos renovables” según la data de la cajita. La colocó debajo de dos bollitos de papel, en contacto con la madera y un carbón, prendió un fósforo, uno solo, y nació una llama. Tenue, pero persistente. De repente tomó el resto de las maderitas, Juan le dio un poco de aire con una revista que tenía a mano y el fuego tomó forma y sonido. Juan lo miraba como quien observa a La Gioconda de Da Vinci o El Guernica de Picasso por primera vez. Asombrado y confundido, como el tema de Led Zeppelin, pero también conmovido como si se tratara de una obra de arte. Es que el fuego era su Guernica.

De pronto sonó el timbre, era Maite, que llegó algo demorada, por suerte. Cuando abrió la puerta vio que la escena era insuperable. Juan sentado copa en mano mirando el fuego a full y Bruce Springsteen sonando de fondo con One minute you`re here. «Esto es la Champions League», dijo ella en un lenguaje futbolero poco usual. Pero Juan se sintió en ese podio, al menos por un ratito. La miró a los ojos, la abrazó, le sirvió malbec en una copa limpia y le dijo: «Brindemos por nosotros». «Y por este fuego», dijo ella. Juan no supo si se refería al del asado o al del amor. Tampoco le preguntó, solo levantó la copa, la chocó con la de ella y se largaron a reír.

 

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