Por Pedro Squillaci | pedrosquillaci@yahoo.com.ar

Ilustración: Enrique Figna


Juan se levantó enojado esa mañana. Todo le molestaba. Prendió una estufa de cuarzo y la desconectó porque le pareció que le daba mucho calor. Después encendió una estufa a gas y la volvió a apagar porque el tufo no lo dejaba respirar. Abrió una ventana y el frío le hacía doler hasta el último molar, ese que nunca se termina de curar y siempre molesta. Puso la tele y le pareció que todos los noticieros de la mañana tiraban pálidas, sobre todo los locales. Cambió a los canales porteños y peor, TN habla desde un país que es totalmente distinto al de C5N, cuando supuestamente es la misma Argentina. «Hoy hay partido de la Copa América», pensó en voz alta Juan, en un extraño random que lo llevaba del frío a Messi, de Radio Neptuno al Gato Silvestre, de la falta de yerba a la pared que le hace falta pintura, de «me quedé sin pan lactal para las tostadas» a Maite. Y ahí la rocola paró de girar.

El buscador aleatorio se detuvo en ella. Y entonces Juan puteó, casi con la misma liviandad con la que uno insulta cuando no encuentra las llaves para salir, el libro que hasta ayer estaba en la biblioteca o el cuchillo grande para cortar la costilla para el asado. Pero no, ahora puteaba porque la extrañaba, la necesitaba, sentía que se había olvidado de ese olor. ¿Cuánto amor hay detrás de una fragancia? ¿Qué viene primero: el olorcito a ella o el amor? ¿O se ama a alguien cuando te enamorás de ese olorcito, de esa piel, de ese roce, de ese todo o casi todo?

Juan no la había visto más a Maite desde aquella vez que se colgó un tiempo sin llamarla. Ella había inaugurado el local Chucherías y él ni pintó para el día de apertura del negocio, ese momento tan importante, en el que todos caen con una plantita y felicitan a la persona que se lanza en un nuevo proyecto. Ese día, ese preciso día, Juan no fue. Tampoco al otro, ni al otro, ni a la semana, ni a la otra semana. Muy suelto de cuerpo la llamó mucho después y ella no sólo estaba re enojada, sino que además, tras la invitación a tomar una birra, Maite le dijo que tenía otros planes supuestamente con una persona, que era un hombre, que podría ser un novio, o un amante, o un tiroteo, o un touch and go, o por qué no, un invento para darle una lección. Pero Juan no preguntó, no hizo nada más, simplemente guardó violín en bolsa, como se dice habitualmente (¿alguien vio alguna vez a un músico guardar un violín en una bolsa?) y no la llamó más, ni le mandó un mensaje, ni un mail, ni pispeó su Facebook, ni su Instagram, ni su Twitter. Nada, nada de nada.

Juan puso música en su casa, un tema tristón y terriblemente copado de Wilco, se cebó un amargo en su mate preferido, ese de cuero con un escudito de Central que una vez le regaló para un cumple su amigo El Turco y agarró el celular. Puso la «m» en el buscador de WhasApp, dudó un segundo, puso la a después y ya apareció Maite. La primera reacción fue de sorpresa. Había cambiado la foto, tenía otro look, siempre con rulos, claro, pero más cortos, mostraba un pañuelo verde en su puño izquierdo y tenía una sonrisa radiante. «Está contenta, re contenta, no me extraña ni un poquito», pensó. En medio de un sentimiento ambiguo, con tanta expectativa y ansiedad por volver a comunicarse como con miedo a que no quiera responderle o que le cuente que ya está totalmente de novia con Nicolás, con Ezequiel o con Gilda, Juan le escribió simplemente «Hola» y esperó una respuesta mientras Wilco seguía cantando We’re Just Friends o sea “Sólo somos amigos”, parecía a propósito. Y mientras el piano de fondo seguía sonando y sentía que todo se desvanecía entró el mensajito de Maite. Y fue música para sus oídos.

– Hola, Juan.

– Hola hermosa, ya pensaba que no me ibas a contestar.

– ¿Por?

– Vi que demoraste un rato, por eso.

– Vos sabés de demorarte un rato. Jaja.

– Tenés razón, soy un desastre.

– ¿Vos todo bien en la radio?

– Sí, tranqui, ¿y vos en el negocio?

– Bien, me encantaría que lo vengas a conocer.

– ¿Es una invitación?

– Puf, dale, qué querés, ¿una tarjetita?

– No, lo que pasa es que como la última vez estabas ocupada….

– ¿Hace falta que hablemos de eso ahora?

– La verdad, aunque me digas que te vas a casar mañana, voy a ir a verte igual a Chucherías.

– Bueno, acertaste, me caso mañana, ponete el smoking.

– Ah, bueno…..

– Sos de manual Juan, jajaja.

– Cómo extrañaba que me dijeras eso.

– Bueno, no te pongas melanco, dale, ¿cuándo venís?

– Hoy, antes del programa, ¿te parece?

– Bueno, mirá que cierro temprano por las restricciones, pero dale, te espero con mate.

– Llevo algo dulce.

– No hace falta, dulce con dulce es un montón. Hablo de mí, claro, jaja.

Juan le escribió alguna pavada, le puso un emoji de un coranzoncito y cerró el chat.  Fue a su discoteca y buscó un disco. Apagó el Spotify para que deje de sonar la tristeza de Wilco y buscó el CD Led Zeppelin II para poner al palo el tema 1, el que abre el disco, que en la versión traducida era Un montón de amor (Whole Lotta Love).

Juan puso el Aiwa fuerte, tan fuerte que ni le molestó que los vecinos de al lado le golpearan la pared para que baje el volumen. Y como si fuera Robert Plant revoleó la cabeza una y otra vez. El rock siempre te espera.

 

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