Por Pedro Squillaci | pedrosquillaci@yahoo.com.ar

Ilustración: Enrique Figna


– Panza, buscame un audio del filósofo este de apellido difícil.

– Ah, sí, Darío Zeta.

– Bueno, Zeta no, es Sztajnszrajber.

– Está bien, pero vos me entendiste.

– No se trata de que te entienda o no, se trata de que digamos bien las cosas.

– Uy, qué picante que viniste hoy, si arrancás así el programa se nos van a ir a otra radio los oyentes. Encima con este frío, no sé si la gente tiene tantas ganas de escuchar radio.

– Bueno, justamente de eso voy a hablar hoy, del frío. Por eso, además de un audio del filósofo, fíjate si tenés también el tema De nuevo al frío, de Lisandro Aristimuño.

– Vamos a hablar del frío y de filosofía en medio de un día helado que te da más ganas de hacer cucharita que de hablar del filósofo de apellido difícil.

– Mirá, Pancita, no voy a hablar de sexo porque vos tengas ganas de dormir en cucharita, así que dale, media pila, buscame esas cosas para el programa que arrancamos.

El Panza lo miró con cara de pocos amigos o con cara de naipe, mejor, porque si hay algo que no son Juan y el Panza son pocos amigos. Juan se puso los auriculares, respiró hondo, miró para arriba, relojeó la luz roja, le guiñó un ojo al Panza que lo miraba medio seriote desde la cabina y arrancó: «Buenas noches, frías noches digo, porque cuando hace frío todo el mundo habla del frío. No se habla de otra cosa, es casi el enemigo público número uno. Como si nadie supiera que cuando llega junio, julio, agosto, hace frío, es una obviedad. Entonces, digo, pongo la radio, el periodista da el informe meteorológico, sale con el lugar común ese de “qué lindo que está para comer tortas fritas”, como si estuviese prohibido comer tortas fritas un 5 de enero; ponés la tele, el conductor del programa de la mañana arranca hablando del frío, de la posibilidad de nevada, de que hay que abrigarse, y daaaaaale. No, Panza, no me mires feo, no voy a derrapar, ni me voy a enojar, ni nada, digo por qué nos empecinamos en hablar del frío como si el frío fuera lo peor de lo peor. “Quién me va acompañar de nuevo al frío” canta Lisandro Aristimuño y les pido que lo escuchemos y después seguimos el relato, dale Panza, dale play…»

«Ahora bien, hay una idea de que el frío es siempre el mismo frío, por eso hay que rechazarlo, y no, no es así, porque el frío depende de la temperatura que tenga uno también. Puede haber una helada afuera, pero si vos estás en tu casa calentito, con estufas al palo y un vinito, y estás con tu chica, tu chico, con tu hija, con tu hijo, con tu perro, tu gato, o solo de toda soledad, pero tenés ganas de estar adentro, no querés salir porque no se te canta, bienvenido el frío. Ni que hablar de un chico en extrema pobreza de Santiago del Estero, con 40 grados a la sombra, ese pibe debe rogar que venga un poquito de frío, para cambiar de aire al menos, aunque no tenga un par de zapatos que ponerse, debe necesitar que, al menos por un rato, se respire algo de aire fresco entre tanta carencia acalorada. No todos los fríos son iguales, porque uno es tan distinto como distinto es el nuevo frío. Lo dijo Heráclito: “Nadie se baña dos veces en el mismo río”. Y es clarito, el río fluye, cambia, el agua parece la misma, no es otra, pero a la vez sigue siendo agua, y nosotros no somos el de ayer, somos los de ahora, pero seguimos siendo nosotros también. Entonces si cambia el río tanto como cambiamos nosotros, nadie se baña dos veces en el mismo río y nadie soporta dos veces el mismo frío. Porque el frío sigue tan frío o más frío que antes, pero es otro. Y usted, vos, ella, él, tampoco es el mismo o la misma. Lo dice Darío, no es que el río se convierte en un árbol o una mesa, no, sigue siendo río, nada más que nunca nada será igual a lo que fue, porque todo está en movimiento, como usted, como ella, como yo. De alguna manera hablamos de filosofía pero estamos hablando del paso del tiempo. Y no digo del mal tiempo por el frío, no, nada de eso, digo del tiempo cronológico. Ese que hace que el frío no sea igual que al de ayer, que el río tampoco y que cada persona mute tanto como ese río y este frío. Porque si no cambiamos nos congelamos en el tiempo y, como también dijo Heráclito: “no hay nada permanente excepto el cambio”». Fin de programa, cortina musical, tanda publicitaria y ya comienzan a llegar los conductores del programa que sigue.

– Bueno Panza, vamos que te llevo, apurate que hace frío.

– Ahí voy, Mauricio.

– ¿Perdón?

– Y claro, Cambiemos.

– Uy, Panza, no entendiste nada, y yo queriendo que entiendas a Heráclito.

– Era un chiste, amigo, era para romper el hielo, no te olvidés que yo de frío soy un entendido.

– Sí, ya sé, de eso no tengo dudas Pechín.

– Dale, vos, no te quedés sin aliento que todavía tenés que manejar y me tenés que llevar hasta casa, que dejé la estufita prendida.

Los dos subieron al Focus y el Panza se apuró para buscar un tema en Spotify. Juan lo miró mientras esperaba que el semáforo pase a verde. De pronto, por los parlantes de adelante empezó a cantar la Negra Sosa: Cambia, todo cambia. Juan lo miró y le dijo: «No cambiás más». Y se rieron hasta ponerse colorados. 

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