Por Pedro Squillaci | pedrosquillaci@yahoo.com.ar

Ilustración: Enrique Figna


Como loco, así estaba Juan la mañana del sábado. El viernes a la noche Maite le dijo que no podía salir porque la invitación a cenar llegó tarde y comprobó, por si hacía falta, que, claro, ella tiene una vida. Encima suspendió ir al programa de radio para una cita que nunca se hizo, o sea, suspendió cuando no había que suspender. El Panza estaba como perro con dos colas porque ponía música sin un «jefeamigo» que le marcaba la cancha, buena por el Panza, pero Juan lo escuchó por la radio. Es decir, en vez de «es para Foco que lo mira por tevé» fue «es para el dolobu de Foco que lo escucha por la radio», un garronazo, bah.

Nada le caía bien a Juan esa mañana de sábado, tenía que llamarla a Maite para reconfirmar la cena de la noche, pero empezaron los fantasmas. ¿Y si anoche no se dio porque no se tenía que dar? ¿Y si en vez de salir con las chicas era un flaco que conoció por Tinder y me estaba dejando de garpe? ¿Y si sale con el Panza y entre los dos me están ocultando lo que sería la traición más grande de mi vida? ¿Y si Maite en verdad viene a la cena de esta noche y me trae bombones envenenados así me muero y me saca definitivamente de su vida? «Pero paraaaaaaaaaaaaaaaaaaaaá. Pará máquina, por qué tengo que pensar que todo está mal, que todo tiene que salir mal, epa loco, epa, tranca, tranca style, ¿sí?», así se retó Juan para frenar esa cabecita que no paraba de girar.

De repente miró a la ventana de su depto y llegó una señal que no hizo más que avivar los fantasmas. Una, dos, tres, diez gotas de lluvia. La garúa empezó a caer y nada indicaba que iría a detenerse. Ahí fue que  se acordó del tema Neblina de Rodrigo Manigot. “Cae la llovizna a la ciudad/gotas finas sobre mí/yo te besé, te hice llorar/vos te metiste en la neblina”, canta el Rulo en su disco solista acompañado de Fito Páez y a Juan se le detuvo el corazón por un instante. Otra vez, y van…, la música le vuelve a poner la banda de sonido de su vida. Quizá tenga que ver también que Juan entabló una entrañable amistad con Rodrigo, Rulo Manigot, el cantante de Ella es tan Cargosa (sí, el mismo que hasta el presidente Alberto Fernández elogió públicamente) de una vez que vino al programa para una nota en vivo, y de ahí se fueron a tomar unas birras y hablar de la vida hasta altas horas de la madrugada en un bar de mala muerte de Pichincha.

Pero el recuerdo de su amigo rockero se vuelve a perder en la neblina cuando Juan ve que la lluvia comienza a tomar espesor. Las diez gotas se transformaron en gotones que hacen globitos, lo que indica que pinta para diluvio y ya son baldazos los que caen de arriba.

Juan no soporta la lluvia. Esa estupidez de que los días grises sirven para que vengan las musas y que cuanto más mojada más potente es la inspiración le pareció siempre un delirio fumón de los poetas malditos. Un coqueteo de los intelectuales burgueses que no tenían que salir a laburar para ganarse el mango y encontraban la excusa perfecta para quedarse adentro, rascarse el higo y, cuando pinte la cosa, escribían.

«Claro, los albañiles putean cuando llueve porque no pueden salir a laburar y no tienen un sope parar la olla, pero los poetas celebran con champagne francés porque ellos podían trasnochar hasta las 6 de la mañana imaginando qué palabrita caía mejor para su obra literaria. Siempre me hizo ruido ese contraste»,  pensó Juan, mientras seguía mirando para afuera y sentía que se hablaba y se contestaba en una suerte de esquizofrenia quasi patológica. Entretanto, Maite iba y venía en sus pensamientos. Si hasta parecía que la estaba viendo cruzar la calle, con los rulos mojados, mirando para arriba para ver si se encontraba con los ojos de su amado. Pero no, eso pasa en las películas de Hollywood y esto es la vida real. “Y hoy me valgo de esta canción para mostrar mi cruz”, escuchaba en Spotify la letra de Neblina y claro que eso se acercaba más a la vida de Juan. Pero era el momento de sacarse la cruz de la espalda, agarrar el celu y activar la cena con la chica de rulos mojados.

– Maite, hola bonita, acá Juan.

– Hola hermoso ¿qué llevo esta noche?

– ……..

– Ey, ¿estás ahí?

– Sí, es que justo venía el sodero y le tenía que abrir, te llamaba por eso. Te quería decir que traigas un vinito que yo preparo algo rico, o compro, no sé, vemos, algo se me va a ocurrir.

– Pero seguro, tipo diez estoy ahí, te quiero bombonazzooooooooooooooooooo!!

El sodero nunca entró al edificio, porque no hubo sodero tocando el portero eléctrico. Juan se había perdido de tanta felicidad cuando la escuchó a Maite confirmándole que vendría a la noche y los fantasmas de la mañana se fueron, empapados, en medio de la neblina.

A Juan se le dibujó una sonrisa en esa cara media tristonga y de repente se largó a reír solo y no podía parar. «¿Cómo carajo se me ocurrió lo de la traición del Panza y de Maite y los bombones envenados, cómo, pero cómo puedo ser tan pelotudo?», se decía una y otra vez.

Al toque le mandó un audio por whatssapp al cantante de La Cargosa para decirle que su canción lo volvió a movilizar. Y le dijo gracias por esa música, una vez más. Después fue a su biblioteca, busco el CD Las cosas que inventás y puso al palo otra vez Neblina, pero ahora en su querido equipo de audio. Y pensó que a veces se puede mostrar la propia cruz con una canción, pero en vez de llevarla como Cristo dejándote llagas en la espalda, la podés usar de tabla para surfear en el mar. No siempre el agua es una mala señal.

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