Por Pedro Squillaci | pedrosquillaci@yahoo.com.ar

Ilustración: Enrique Figna


“Buen día, bonito”. Juan escuchó esa frase entredormido y ahí se dio cuenta cuánto extrañaba esa voz disfónica de Maite por las mañanas. El sol se colaba por un huequito de la cortina y ella le dijo «vamos a quedarnos un ratito más”. Juan se dio vuelta para la izquierda y ella lo abrazó por la espalda con su torso desnudo, así se quedaron en cucharita remoloneando casi hasta el mediodía.  Los sorrentinos con panceta y cebolla caramelizada ya eran una anécdota, el malbec y medio también, el momento en que dijo “¿esto lo pongo en la heladera?» con lo que quedaba de la segunda botella ya formaba parte del pasado reciente y también ese chispazo sexual tan esperado, con el reencuentro de los besos, los olores, los mimos, las miradas, las risas.

“¿Me pongo esta remera, Juan?”, dijo Maite y justo agarró la que Juan se pensaba poner  a la noche para ir a cenar con sus amigos, pero le dijo que sí, sin dudarlo. Con esa remera negra, con inscripciones de colores y un dibujo onda rasta, Maite se paseó por la casa como si estuviese con un vestidito corto, despeinada y descalza. Juan la miró, se dio cuenta que le seguía gustando como siempre o más que siempre. Pero, claro, el hechizo sólo existe si el genio de la lámpara lo rompe con la misma simpleza con que lo hizo. Fue así que tomando el primer mate, Maite miró fijamente a Juan y se originó este diálogo.

– ¿Y ahora?

– ¿Y ahora qué, Maite?

– Eso digo, ahora qué hacemos.

– Decime…¿después de una noche maravillosa y una mañana de domingo tranqui es necesario definir en este momento qué hacemos con lo nuestro?

– Y sí, Juan, en algún momento hay que tomar decisiones.

– Decisiones, ajá, decisiones.

– Sí, Juan, no sé por qué repetís tanto la palabrita…

– Es que cuando vos tomaste una decisión, nos separamos y nos dejamos de ver por no sé cuánto tiempo.

– Y bueno, es que vos no tomabas ninguna decisión.

– Ah, y por eso vos decidiste dejarme.

– Bueno, tampoco es que te dejé porque taaaan juntos no estábamos.

– ¿Cómo que no?

– Claro que no, porque vos no tomabas nunca la decisión de que estemos juntos de verdad, digo, de vivir juntos.

Juan la miró fijo, mucho más que la mirada con la que ella comenzó este cortocircuito, y le cayeron todas las fichas juntas. Maite nunca le había expresado ese deseo, que también era el suyo, pero lo que había pasado era que nadie daba el primer paso. Juan tomó un mate más, fue hasta su biblioteca repleta de compacts y viejos vinilos, y sacó uno de Rubén Blades. Maite lo miró raro con gesto de sorprendida. Y de repente se escuchó al palo: “Decisiones, cada día, alguien pierde, alguien gana, ¡Ave María!/ Decisiones, todo cuesta, salgan y hagan sus apuestas, ciudadanía!

– ¿Se trata de esto, ves Maite?

– ¿De escuchar a Rubén Blades en medio de una charla tan importante?

– No, pará máquina, pará. Es una manera de decirte de otro modo lo que pasa, me pasa, nos pasa. Blades lo pensó y lo cantó antes, por eso pongo este tema, para relajar un poco. Alguien pierde, alguien gana y todo cuesta Maite.

– Pero hay que apostar a algo, Juan, también Blades lo canta en Decisiones y vos justo es la parte de la letra que no me dijiste antes y, lo que es peor,  tampoco me la decís ahora.

Maite se fue totalmente enojada para la pieza, se quitó la remera, se cambió rápido, no se peinó, le dio un pico a los apurones y rajó de un portazo. De fondo seguía sonando la canción siguiente del disco de Blades en tiempo de salsa. La salsa de los sorrentinos ya era un recuerdo fugaz y el olor de Maite seguía impregnado en la remera rasta. Era hora de tomar decisiones. Juan se fue para la pieza en la que minutos antes dormían en cucharita, se llevó a la nariz la remera arrugada que ella había tirado sobre la cama y volvió a respirar su perfume. No era el perfume de la tempestad, como canta el Indio Solari, o sí, pensó. Pero quizá había llegado el momento de averiguarlo. Son decisiones. Alguien pierde, alguien gana, todo cuesta y ahora sí se animaba a decir la parte siguiente de la canción: “salgan y hagan sus apuestas”. Decisiones, perfume y tempestad, como los ingredientes de una salsa de sorrentinos, quizá por ese combo pase la cocina del amor.

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