Por Pedro Squillaci | pedrosquillaci@yahoo.com.ar

Ilustración: Enrique Figna


“¿Cómo puede ser que se me haya ocurrido hacer palomita a la cacerola?” Juan se lo preguntaba una y otra vez. “La llamada” ya era parte del pasado y este presente tenía más aroma a Cuando Harry conoció a Sally.

Sí, es verdad que Juan no se parece en nada a Billy Cristal, pero Maite era casi un calco de Meg Ryan en el 89, sobre todo porque es muy capaz de hacer en una mesa de restaurante la famosa escena del orgasmo simulado para el asombro de los comensales y del universo cinéfilo, que la entronó como una de las más desopilantes entre las comedias de Hollywood.

Juan había preparado todo para esa noche. La cita era en casa y no había que fallar en nada. Sobre todo en los pequeños detalles, esos que tanto le gustan a las mujeres, y más a Maite. La pilcha fue lo más sencillo: chupines de jeans, caídos, claro, como siempre; una remera ajustada pero no tanto como para marcar los rollitos, y una camisa de jean, la veintiúnica de Juan, que siempre es más clarita que el color del pantalón para que no parezca un uniforme.

Las zapatillas, Adidas, claro. Desde que Juan sufrió tanto hasta que sus viejos le pudieron comprar las primeras Adidas Wimbledon en los 80, se convirtió en un fanático de la marca de las tres tiras y no las abandonó nunca más. “Las pasiones no se abandonan”, decía.

Y Maite es más que una pasión. Es un sentimiento tan fuerte que no se puede explicar, algunos dicen que el amor no tiene explicaciones. Quizá esto sea amor, quién lo sabe. Pero en nombre de esa cosa llamada amor, Juan limpió la casa, compró un sahumerio de vainilla, se puso su infaltable Gentleman de Givenchy en el cuello  y ahí, justo ahí, volvió a repetir la frase: “¿Cómo puede ser que se me haya ocurrido hacer palomita a la cacerola?”

El humo de la salsa le convirtió en alcohol de quemar al perfume francés, la casa empezó a oler a la pomarola ácida de Arcor y ahí a Juan le entraron los nervios típicos del que no sabe cocinar y que se le queman los papeles en la primera de cambio. Empezó a dudar de la receta de la tele, no sabía si le había puesto sal o no, le faltaba la pimienta, si la cocción era a fuego  lento o al máximo y la palomita estaba más dura que una piedra porque se olvidó de sacarla del freezer la noche anterior.

Fue entonces que  ya el malhumor le fue fomentando una idea que desechó al instante: “No, no puedo llamar a Pedidos Ya”. Pero al mismo tiempo se dijo “¿y por qué no?”.  Y al rato se dio cuenta que estaría todo mal, que se rompía la magia de la previa, que la llamada tenía que ver con cocinar algo para la cena y no con marcar el celu del delivery de un restaurante.

Lo mejor sería cambiar de menú, eso no le jodería para nada a Maite y al toque recordó que ella siempre fue una fanática de las pastas caseras. Ahí se acordó que tenía en el freezer unos sorrentinos de panceta y cebolla caramelizada que a Maite le encantarían. Y se puso manos a la obra. Tenía salsa lista, también crema de leche y queso de rallar, y el pan, claro. El par de malbec buenos (¿hay malbec  malos? ¿le pegan a la gente?) esperaban acostados en la bodeguita y sólo había que  poner agua en la olla y ya. El reloj de la cocina acusaba las 8 y media de la noche y ya no le faltaba nada. O sí. La picada. Salió corriendo hacia el kiosquito de enfrente y volvieron las miradas inquisidoras. Sucedió otra vez: se había olvidado el barbijo de colores en el llavero/barbijero. Volvió de un pique, se puso el primero que encontró, no el de colores, y volvió al negocio. Ya había dos personas en la cola. Miró la hora, se puso nervioso. Pensó: “¿Y si pongo papitas fritas, maní con cáscara y listo?” Volvió de otro pique, abrió la puerta, se quitó el barbijo y ahí sintió un olor extraño. Es que había puesto la olla sin agua y el fuego de la hornalla estaba encendido. O sea, el  humo con olor a algo raro se apoderó del ambiente. Ahí se dio cuenta que el sahumerio ya no olía a nada, sobre todo porque se había olvidado de encenderlo, y el perfume francés era lavandina, porque las gotas de sudor, cuando son de sudor nervioso, tienen una potencia insoportable.

En medio de todo eso, mientras miraba la escena del  crimen, con el humo en la cocina, los sorrentinos desparramados, el sahumerio apagado, la mesa sin poner, las papitas sin abrir, la transpiración a full y todo eso, ahí, justo ahí, sonó el timbre del portero eléctrico. Era ella, que había llegado más temprano que nunca. Juan le abrió y le dijo que suba y al minuto ya estaba tocando el timbre de su departamento.

– ¡Holaaaaaaa!

–  Hola Maite, se te hizo temprano.

– Mmm, mucho sudor en la frente. ¿Me parece a mí o no hay palomita a la cacerola?

Juan la miró, no le contestó y le comió la boca de un beso. Fue ahí, justo ahí, que Juan se dio cuenta de otro de los motivos por el que siempre lo atrapó Maite. Era una de las pocas personas en el mundo que tenía una lectura inmediata de su estado de ánimo con sólo mirarlo a los ojos.

Después entraron juntos, abrazados y muertos de risa. La palomita ya era otra página de su historia y estaba a punto de empezar lo mejor.  Y al igual que Cuando Harry conoció a Sally, lo más jugoso de cada encuentro sucedía con el paso del tiempo. Es tiempo de darle paso al próximo capítulo para saborear mejor este amor de película.

2 comentarios para “Capítulo 11: Un amor de película

  1. Diego Fernando Martínez dice:

    Excelente Pedro!!
    Un fuerte abrazo

  2. María Fernanda dice:

    Qué lindo capitulo! Conozco a alguien que usa la misma camisa de jean. Juan la podría guardar con mucho cuidado y cariño y hacerse un tatuaje.

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