La cantautora e intérprete entrerriana es una de las voces más delicadas de la música criolla. Desde que tiene recuerdos, sabía que su destino era cantar. Durante largos años compartió los días, el amor y la creación junto al gran mendocino Jorge Marziali, fallecido en 2017.

Por Alejandro Mareco | vatevago@gmail.com

Fotos: Jorge Yañez


Había momentos de la infancia de María Margarita Londra en la que todo el universo giraba en azul celeste. Los campos de lino florecidos alrededor de su casa suspiraban pétalo por pétalo en su camino hacia el horizonte hasta fundirse con el diáfano cielo entrerriano: la vida entonces, pintada con esa intensidad, era la gran oportunidad a la ilusión.

Y ella, incluso antes de que aprendiera a guardar los recuerdos, atravesaba el portal de los días con una guitarrita de juguete y salía en busca de esa ilusión: apenas un par de oídos se cruzaban, le cantaba ya con buena afinación algún estribillo de las canciones que había escuchado en la radio, que por esos ardores de los años ‘60, en el interior estallaba de folklore.

Ese era el paisaje y la vida cotidiana en Colonia Italiana, el poblado rural en el que creció, aunque había nacido en Urdinarrain. La llamaron con los nombres de sus dos abuelas que, en cariñoso resumen, se fundieron en Marita.

Sus padres, Celia y Ángel Victorio -«Castella», para los vecinos, por su admiración por un domador de la zona llamado Castellano-, eran pequeños productores y padres de cinco hijos. Marita era la más chica, con ocho años de diferencia de su hermano anterior, y la única que se dedicaría a la música. Y con la música, claro, vendría también la sed de caminos.

Certezas del corazón: «Me atraía conocer gente, andar caminos».

“Me recuerdo muy pequeña con la guitarrita de juguete y le cantaba a quien apareciera. Mi abuela Margarita tocaba la verdulera (acordeón más pequeño); es todo el antecedente musical en mi familia. La magia la traía la radio. Se escuchaba mucho folklore, sobre todo del norte. Mi figura preferida era Ramona Galarza, tal vez porque era litoraleña como yo”.

Pero esos paisajes de río que sonaban en la música litoraleña no estaban a su alrededor. Era toda una aventura familiar, reservada para Pascuas u otros remansos en el calendario, atravesar los 40 kilómetros que los separaban del río Gualeguay. La pesca, la arena, la canoa, las tardes derramándose sobre el agua fluyente y el aura de su cosmos. Esas sensaciones las tendría a diario cuando, ya en la adolescencia, se mudara a Gualeguaychú.

Pero antes de dejar Colonia Italiana en el relato y el azul de la infancia, hay que apuntar una tarde tan luminosa que aún sigue encendida: la del día en que cumplió ocho años, entró a su pieza y encontró una guitarra verdadera, grande. Era el regalo de sus padres. “Aprendí prácticamente sola. Tenía facilidad sobre todo con la mano derecha para sacar los ritmos que escuchaba por la radio, Y ese sigue siendo mi fuerte. Después, tenía unas primas que tocaban la guitarra, y cuando las iba a visitar me traía acordes”, cuenta.

Eso sí, antes o después de la guitarra grande, nunca tuvo dudas de que andaría la vida cantando. “Ya a los 14 años, en Gualeguaychú, hice mi primer recital en una pequeña sala. Tenía una certeza total. Me atraía el acto de cantar frente a la gente, comunicarme así. Me atraía conocer gente, andar caminos”. Y así, cantando, a los 20 años llegó a San Luis.

Historia de una sonrisa

La voz de Marita Londra es como un susurro de río o de brisa que atraviesa paisajes pintados de verde o de ocre, que retrata y cuenta momentos de la gente, con canciones que son el fruto de su constancia y su inspiración, o pertenecen a otros autores con los que su sensibilidad confabula mejor. Es el delicado y profundo azul celeste del cielo y la tierra de la niñez.

Cuando Marita canta no hay porfía con el silencio, sino una manera sutil y afectuosa de compartir el aire. Y al final, la intensidad vital de lo vivido, tiene la rúbrica de su sonrisa. Una sonrisa que se abre como un acorde menor. Es una sonrisa nueva.

Ha publicado tres discos: Marita Londra, El río bajo el río y La enamorada de más. Mientras tanto, guarda consigo un sinfín de canciones inéditas de su propia cosecha, en letra, en música o en ambas. Aunque su relación con la composición es un asunto de comienzos de este siglo.

Vecina de la ciudad de San Luis, Marita, trabajaba en extensión de la Universidad pública de esa provincia, mientras no dejaba de andar los caminos del país cantando. “Gané una beca del gobierno con una propuesta de musicalizar copleríos anónimos de San Luis. Ahí pude empezar a sacar melodías de adentro”, dice. Y que esas melodías conmovieran el gusto del sobresaliente mendocino Jorge Marziali, uno de nuestros mayores creadores con fundamento, no sólo abrió la puerta a una caudalosa producción compartida que vendría, sino también a una historia de vida y amor tan sustanciosa como la música en la que creyeron y creaban.

Marita y Jorge estuvieron juntos hasta que la muerte encontró al autor de Los obreros de Morón en Santa Clara, Cuba, el 9 de julio de 2017. Por esos días, ya hacía tiempo que se habían mudado juntos al paisaje de Traslasierra, en Córdoba. Primero fue en Loma Bola, y luego construyeron una casa en Las Rabonas que apenas pudieron disfrutar juntos. La llamaron «La Delfina», en homenaje a la legendaria compañera del gran entrerriano Pancho Ramírez.

“Jorge miraba hondo, y como yo soy más bien parca, pudo entrar y sacar lo mejor de mí. Me conocía más que yo misma. La primera vez que me dio una letra para que le pusiera música, casi me desmayo (la chacarera Oiga don Chango Rodríguez). Luego hicimos muchas así. Jorge tenía el lado de la poesía muy desarrollado; vivía escribiendo letras. Era muy observador y estaba siempre atento a cualquier frase”, retrata.

Pero la comunión con Marziali tuvo más efectos: Marita se atrevió a escribir también sus propias coplas. “Siempre me fascinó la copla, ese difícil arte de poder resumir algo en cuatro versos”, apunta. Y no sólo así compuso canciones completas sino que incluso algunas letras suyas fueron tentación para otros compositores.

«La gente va a recibir el mensaje sin necesidad de exageraciones».

Este tiempo de pandemia y cuarentena, Marita lo pasó en soledad en Las Rabonas, en la casa que con Marziali también planearon que fuera albergue de reuniones musicales, y que llegó a ser estrenada así. “Andaba de sólo estar dejando que la vida vaya, sabiendo que mis hijos estaban bien. Casi no he cantado, aunque he llevado el canto adentro. Espero que haya servido haber ido concentrando el canto adentro de una para que vuelva a encenderse”, dice.

Pero la quietud no ha sido tanto, pues hubo momentos para componer a la distancia junto al riojano Ramiro González, o a José Luis Serrano («Doña Jovita»).

Pero si hubo una canción nueva, plena y bella fue Quinito, en homenaje a su primer nieto, hijo de su hijo Boris, nacido en mayo. Marita escribió la letra y su otra hija, Victoria, puso la música. Recién hace unos días, cuando la cuarentena aflojó y se abrieron fronteras provinciales, pudo llegar a San Luis a conocer al pequeño Joaquín y alzarlo en sus brazos.

El candil y la picardía

Mientras tanto, el candil de Jorge Marziali no sólo se enreda en el brillo de la guitarra o de sus pasos en la tarde, sino también entre los gestos. “Era una cantora seria, en el sentido de solemne. El me sacó cierta picardía que tengo pero que no me animaba a ponerla en mis canciones, como pasó en La enamorada de más. Pero además me decía que no había que exagerar con el dramatismo de las canciones. La letra pasa por dentro de uno y la gente va a recibir el mensaje sin necesidad de exageraciones. Por ahí, en estos días, veo que hay excesos de dramatismo en el canto popular”, cuenta.

Y reconoce sin ambages: “Sí, la sonrisa con la que me planto en un escenario es obra de Jorge”.  Es que en el fondo, es ese acorde menor, melodioso y dulce, que Marita Londra siempre ha llevado bien adentro. Y hasta es posible que tenga el mismo color que los suspiros de los pétalos de lino camino al horizonte, es decir, al cielo.

 

3 comentarios para “Marita Londra: Suspiros azules camino al horizonte

  1. Rubén Yulió dice:

    Hermosa Nota!!! Felicitaciones!!!

  2. María Laura Roca dice:

    Que reportaje interesante,se advierte el recorrido de la vida,del tiempo pero mansamente.Amo tu canto y esas fotos son lo más ,aparte de salir hermosa,transmiten tu personalidad.Beso grande!

  3. Coco Yañez dice:

    Marita y Jorge, los extrañamos en Mendoza y en nuestras vidas!

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