Por Marcelo «Bochi» Muiñosprensanewenmapu@gmail.com

Fotos: Marcelo Luketti


Indagar sobre la música de la Provincia de Misiones es siempre una tarea loable, de asombro, que nos lleva a investigar y admirarnos por su mixtura, por su fuerza fronteriza, por las raíces de la inmigración, la cultura guaraní vigente y la sangre criolla que hizo el mapa sonoro musical de la tierra colorada.

Para esa búsqueda entrevistamos a Karoso Zuetta, cuyo nombre es Antonio Virgilio Zuetta -por sus abuelos, nos relata-, músico oriundo de la ciudad de Obera, Misiones, nacido en el año 1962. Docente, artista, compositor, músico y recopilador. Forma actualmente un dúo musical y en la vida con la cantante Nerina Bader, participando también su hija Eva Luna. Cuenta con una trayectoria en la música de 37 años, sin embargo su carrera se forjó en el ámbito provincial -“lo nuestro es muy localista”, dice- restando tal vez el reconocimiento a nivel nacional.

Cuenta en su haber con los siguientes discos: Canción desnuda, Cantores de pueblo chico, Rituales paganos, Paranaensis, El arte sonoro Mbya, Canto rodado, Los cantos de Eva Luna, con Nerina Bader En la tierra sin mal, entre otros títulos. En sus canciones se destacan Belgrano en Misiones, Oberá mi lugar,  Andresito Guaraní, La garganta del diablo-Lunazul del Iguazú, Pomberito de ciudad, Chake el jasy, Jaguareté avá, Panambí, metamorfosis de leyenda, Himno al Soberbio y podríamos seguir.

Si pensamos en la música de Misiones podemos nombrar a Ramón Ayala, Vicente Cidade, Lucas Braulio Areco, el Chango Spasiuk, pero hay otros referentes y luchadores por difundir ese color sonoro de la tierra colorada, Karoso Zuetta es uno de ellos, incansable creador,  imprescindible para conocer más de nuestra música del nordeste.

«En torno de nuestros pueblos, de nuestros mitos, no había repertorio, entonces yo arranqué por eso»

– ¿Cómo fueron tus comienzos con la música?

– Tengo 37 años de juglar, hice mi primer concierto con 20 canciones propias. Comencé en un salón de actos del Instituto Lineo en calle Gobernador Barreiro y Salta de Oberá, teníamos un dúo con Mauricio Ferver que era un músico que me acompañaba (profesor de piano y guitarra) y un percusionista. La aventura musical mía empezó a los 9 años, comencé en el barrio con los compañeros y amigos que tocaban instrumentos, uno tenía un conjunto y vino del campo, ahí conecté con el instrumento. Ese amigo me daba la guitarra y empecé a tocar los primeros acordes, en esa época no nos dejaban tocar los instrumentos los grandes. Con él somos amigos hasta el día de hoy, es profesor de escuela, se llama Vany Hensel. Tocaba zambas en la década del 70. Después estudié arte y música, evolucioné todos estos años desde entonces, debuté musicalmente un 23 de diciembre hace 37 años. En la escuela primaria teníamos mucho incentivo para las canciones patrias, yo cantaba la de la Bandera todas las efemérides, y algunas que no había las inventé ahora: para Andresito, para Belgrano. Me inicié en los actos, después las peñas del colegio, en la Escuela 185 se hacía un festival con “Argentinísima”, venía Daniel Toro, Los Manseros, Roberto Rimoldi Fraga, los Tucu Tucu, los Cantores del Alba, los conocí a todos, éramos alumnos de la escuela y veníamos al festival, me metía en los vestuarios, nos vinculamos por el folklore. Estudié en el Instituto Superior de Arte, también música clásica con Juan Carlos Marín, quién me dio clases personales para la composición. De lo que aprendí con él hice mi carrera, después no toqué una sílaba más.

– ¿Cuál es tu motivación para defender la música misionera?

– Nosotros tenemos un mandato colectivo, porque la música de Misiones casi siempre se confunde con la música correntina, o se la mete en el mismo esquema, y eso es tan relativo como meter la chacarera con la cueca o mezclar la tonada con la zamba, son cosas parecidas pero a la vez diferentes. Esa es un poco una causa que nosotros llevamos delante de manera permanente, siempre que haya la posibilidad de hablar de la música misionera es un gusto. Para nosotros es una ayuda y mano que nos dan. Defendemos nuestra música y queremos mostrarla. Con la pandemia comenzamos a trabajar más en las redes, con Youtube, que antes no le dábamos tanta importancia, nos vimos sorprendidos con la repercusión.

– ¿Cómo fue tu búsqueda de armar tu propio repertorio con tus composiciones?

– Había una ausencia importante del repertorio local en el cancionero, nosotros le cantábamos a Caa Caty. a la Laguna Totora, al viejo naranjal, todas las cosas que nos llevaban al folklore correntino, y de acá había muy poco.  Incluso Ramón Ayala tenia pocos discos publicados cuando inicié. En torno de nuestros pueblos, de nuestros mitos, no había repertorio, entonces yo arranqué por eso. Arranqué con la composición, pero la parte literaria se destacó primero en mí. En el secundario nos incentivaban mucho a la participación de concursos literarios, nos premiaban con calificaciones altas, literatura aprobaba con eso. Gané concursos locales y provinciales. Primero experimenté con la poesía. En mi casa no había biblioteca, a los profesores les decía que leía El Grafico, ahí había periodistas muy poetas, aprendí el lenguaje poético a través del deporte, después me adentré en la literatura hispanoamericana. Yo escribía poemas y los empecé a musicalizar, armé mi repertorio, y el primer concierto fue de canciones propias. Yo no entendía mucho lo que significaba. Me aparecían estas cosas de cantar a mi infancia en la colonia, a mis amigos que trabajaban la chacra, y fui por el lado de la composición porque no había nadie que los nombrara. Cuando sale mi primer disco Canción desnuda (1991) fue una explosión acá porque había una necesidad de algo que tenga que ver con nosotros.

– ¿Qué ritmos buscabas en tus canciones: polcas, schotis, ritmo fronterizo, canción misionera?

– Al principio buscaba en forma intuitiva. Después cuando comencé a preparar mi primer disco, conversé un par de años con los grandes de nuestra música y tradiciones, y ellos me dieron una orientación concreta porque hasta hoy falta estudiar la música de Misiones. Me encontré con Ramón Ayala y con Vicente Cidade sobre todo (su hermano); él vivía a la vuelta de mi casa en Posadas y lo encontré por azar: pasé por un estudio y él estaba tocando su violín solo, me quedé parado sorprendido, abrió la puerta, me invitó a pasar ¡y era el autor del Mensú! Eso cambió mi perspectiva, me orientaron en cómo la música formaba parte de una región, de un todo, y por qué era importante lo sonoro como identidad musical. Eso me impregnó la inquietud de ir a la búsqueda de la música regional, que no es nada fácil, porque es un conglomerado de ritmos. En el segundo disco Cantor de pueblo chico aparece la poliritmia, el gualambao, canción misionera, ritmos fronterizos, polcas, galopa, schotis, fusiono distintos tipos de ritmos. Mi influencia fue por los grandes maestros de la música de Misiones.

– ¿Cuándo se inició la recopilación de Música Mbya guaraní, el arte sonoro mbya?

– Me inicié en construir una flauta de pan, a partir del takuapi y mimby etá que tocan las mujeres mbya. Es una especie de flauta de pan misionera, es un instrumento que se enrola en las flautas de pan del mundo, en toda la música andina, europea, china, etc. Ese contacto me hizo llegar hasta una aldea, ahí entré en contacto con una música que nadie había escuchado, eran canciones que por primera vez escuchaba alguien de nuestra comunidad, recopile 20 canciones; después vino un libro, empecé a aprender esas melodías. La lengua era muy difícil de comprender y traducir porque lengua mbya guaraní no es la lengua guaraní paraguaya, es una lengua propia que se mantuvo en su oralidad, es muy distinta, algunos fonemas coinciden, palabras parecidas, pero la construcción literaria es diferente, hasta que aprendí esos elementos y comencé a cantar canciones, también coincidió que en Brasil y Paraguay había un movimiento similar. Incorporamos al repertorio esa sonoridad, los instrumentos, armonías, letras, y ambientaciones de la selva paranaense. Íbamos a grabar al lugar.

– ¿Cómo fue la participación junto a Nerina Bader en el documental El canto del tiempo con Tonolec?

– Eso nació como algo diferente, Charo (Bogarin) y Diego (Perez) vinieron a un Festival que se hace en las Reducciones Jesuíticas, y ahí se contactaron con nosotros por la música, el libro, así nos conocimos. Entonces me dijeron “nosotros queremos ir a las aldeas”, entonces preparamos un paseo con ellos. Se vinieron con 8 técnicos, sonidistas, etc. y armaron el documental. Nació como una intención de hacer una visita espontánea y termino como un documento fílmico interesante, luego ellos incorporaron 2 o 3 canciones a su disco, que fueron importante para la difusión nacional, porque lo nuestro tiene una circulación local, lo de Tonolec abrió un espacio a nivel nacional e internacional. Como corolario hicimos una presentación en el Teatro Opera con un coro de niños Mbya que ellos nos pidieron que hiciéramos.

– Respecto a las leyendas misioneras, ¿cómo surgió la idea de musicalizarlas y difundirlas en forma de poesía musicalizada?

– Eso fue un tema de maduración literaria muy lento, nosotros crecemos con las leyendas, el Yasy, el Pombero, la Caa Yary, crecemos con esas leyendas en Misiones. Siempre cuando escuchaba canciones de Silvio Rodríguez o del mismo Fandermole, había cosas ocultas de mitos y leyendas, y yo quería llevar las leyendas a esa música; no me surgió de primera, tuve que trabajar mucho, una década por lo menos, interiormente, para poder volcar eso en formato de canción. Empezaron a aparecer, y la música guaraní mbya me dio el espaldarazo final, porque me metí en el monte con su sonido y armonía, ahí aparecían los relatos, así surgió Chaque el Yasy o Pomberito de ciudad que está en mi primer disco y es una alegoría entre el pombero transferida a un niño de la calle, mezclando las dos imágenes, eso fue mi primera experiencia abordando algo que tenía que ver con la leyenda. Una de mis grandes felicidades es el repertorio de las leyendas, como la de la Garganta del Diablo. Hice recientemente las canciones Belgrano en Misiones y Andrecito guaraní, eso también se enrola en esa búsqueda de mitos, leyendas e historias de los pueblos. Contamos historias que ni los misioneros mismos conocen.

– Detallanos un poco la canción Pomberito de ciudad, ¿de qué habla?

– El era un niño de la calle de Posadas, Fernandito*, que vivía en el microcentro; yo viajaba a a tocar a un lugar que se llamaba “La esquina bar” desde Oberá y este niño se metía en los conciertos, se dormía debajo de las mesas. Una madrugada estaba tocando, las mesas estaban muy amontonadas, mucha gente y con mi pie toco algo blanduzco debajo de la mesa: era Fernandito que estaba dormido, escuchando las canciones. Me provocó una gran emoción y esa misma madrugada escribí esa canción. La termine en Oberá después de volver en el Singer. Él la cantó conmigo varias veces. Hay un comedor que lleva su nombre, un club de fútbol que él fundó y siguen escuchando la canción. Es como que está siempre presente a través de nosotros con la canción. Con Nerina (Bader) nos conocimos por un taller con docentes que yo estaba dando, ella se acercó a pedirme esa canción y ahí la conocí. Ella la grabo después, fue nuestro pretexto, el elemento, la búsqueda que nos unió.

– ¿A qué le llaman Ritmo fronterizo?

– Acá se baila el veneraõ y otros ritmos riograndenses (Brasil), pero tienen también su relato en la música nordestina como el baión y el schotis, todo lo que pase por esa secuencia de 6/8; ese ritmo tocado por nosotros es parecido pero no es igual y menos aún si uno le incorpora contenido poético, por que esa música es más bailable, pasatista, sin tanta profundidad en las letras. A toda esa música, con nuestras letras, le decimos fusión fronteriza por las influencias de la frontera, pero tienen nuestro aporte. Hasta hay influencia rioplatense por el norte de Uruguay, Zitarroza toca el Chote de Don Tatu, parecido a la polca rural, a una milonga rápida, es un ritmo festivalero.

 

* Fernando Antonio Pereyra, más conocido como “Fernandito”, falleció a los 31 años en el año 2010 en Posadas (Misiones). Residía en el Barrio Santa Rosa, era un personaje de la calle, reconocido por el pueblo, aún se lo recuerda en los barrios posadeños.

 

 

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