Bailarina, orfebre, titiritera, música, militante por el medio ambiente, todo converge en una artista que trasciende su propia historia.  

Por Pao De Senzi | paodesenzi@gmail.com

Fotos: Descalza por los caminos


La niñez de Gaby Ayala, en la casa familiar de Olivos, estuvo atravesada por el arte. Su padre, Santiago Ayala «El Chúcaro», fue creador de grandes momentos sobre los escenarios. Su madre, Norma Re, también se dedicó a la danza y ellos fueron quienes pusieron la semilla del movimiento en su hija.

Muchas Gabrielas habitan en Gaby. Los viajes, el paisaje, y claro, aquella casa de Olivos en la que el arte era moneda corriente, incentivaron a la artista completa que hoy es: música, cantante, titiritera, orfebre y claro, bailarina. Esta última disciplina, se alimenta de los destellos de las demás moldeando el perfil de una artista completa.

“Estoy muy agradecida a mis padres por el incentivo –dice- por todas las herramientas que me brindaron, por seguir este camino, abrir brecha, por darme la posibilidad de elegir lo que quisiera. Mi papá tenía mucha habilidad con el dibujo y creo que también me ha despertado esa parte en mí, yo a veces lo veía dibujar y le pedía que me enseñara, y me fascinaba, porque sus dibujos no eran estáticos, sino que en ellos había movimiento, siempre estaban en una acción. A mí me gustaba mucho eso. Finalmente en casa siempre estábamos rodeados de muchos artistas de todas las disciplinas, y escuchaba las conversaciones, lo que se decía, y la verdad es que fui privilegiada de estar en ese contexto. Toda esa enseñanza, me ha inculcado algo que para mi hoy es una especie de militancia del arte”.

En el año 2003, Gaby Ayala, se instaló en Humahuaca, y vivió allí algo más de seis años. El descubrimiento de aquel lugar en el norte del país, tuvo que ver –según cuenta- por un lado con una especie de amor a primera vista, y por otro, con una apertura hacia sensaciones y vivencias que incorporó a su vida y su carrera.

«El viejo mundo ya no da más, es necesario crear un nuevo mundo, ya no hay lugar para cambiar, tenemos que crear»

– ¿Cómo llegaste a instalarte en Humahuaca?

 En realidad lo conocí por un amigo que me llevó en carnaval y al principio la verdad es que me impactó mucho, fui solo por un tiempo, diez días, y volví a Buenos Aires, donde yo vivía y la verdad es que me di cuenta de que ese viaje me había transformado. Luego volví a viajar, y así fui varias veces, incluso haciendo otros caminos para llegar, y finalmente en el último viaje les pedí a mis amigos que se volvieran y yo me quedé.

– Y el norte te debe haber dado mucha información que quizá tenías incorporada pero las procesaste de otra manera…

 Tal cual, se empezaron a despertar en mí, muchos recuerdos, memorias, que incluso eran ancestrales, empecé a concretar con mi verdad que tiene mucho que ver con la educación que he tenido y el contexto con el que me he criado. Una vez viajé para un ciclo que se hacía con artistas por el país, cuando Mercedes tocó en Santa Catalina, en la puna, al norte de Salta en el límite con Bolivia. Fue muy impactante para mi ir desde Humahuaca con los músicos de Jaime (Torres) hasta allí en una camionetita muy chiquita, íbamos escuchando música de Jaime y me emocioné, porque me di cuenta de que muchas coreografías que mis padres habían hecho, en donde hablaba de ese paisaje, de esas culturas, esos paisajes de Jujuy, tenían que ver con eso que yo estaba viendo en ese momento. Eso despertó en mí muchos recuerdos, fue muy movilizador.

Gaby Ayala también, es titiritera, recibida en la escuela del Teatro San Martín, con Ariel Bufano. Esa es otra de las actividades que ocupan parte de sus días, y cuenta que en estos momentos está preparando una pequeña obra para presentar en formato online. Como todo en ella, esa actividad no pasa livianamente, sino con una conexión fuerte, con su esencia artística.

“Lo que me pasó en la escuela de títeres, es que ahí pude integrar todo lo que había hecho por separado. Esta ahí la interpretación del movimiento. No es tanto mi cuerpo en relación con el objeto, sino pasarle al objeto lo que me puede suceder a mí, y eso me lo dio la danza. Incluso también estaba integrándose lo teatral, donde empecé  a usar y descubrir mi voz, así que estudié canto con caja, percusión, algo de bombo. Pasa que en los títeres la voz no es que solo sale de vos, sino que éstos empiezan a pedirte su propia voz, su manera de moverse, de mirar, de sentir, y uno se da cuenta de cuántos matices hay en eso. Una vez ahí, pude incursionar en la plástica y la platería, porque tenías que hacer horas de taller, copiar, pegar, cartapestear, buscar formas…

También hago máscaras, y ahí trabajás para poder construir un personaje. Cuando uno se pone una máscara, ésta neutraliza los movimientos de la cara. Y entonces el cuerpo comienza a moverse y expresarse de otras formas, es increíble cómo una máscara genera una corporalidad y a la vez también quizás aparece un personaje nuevo que ni uno sabe”.

Los incendios que acaban de transformar buena parte de bosque nativo en ceniza en la provincia de Córdoba, también se llevaron a un colega y amigo de Gaby Ayala. Se trata de Cristóbal Varela Salas, titiritero que hace poco menos de un mes tuvo un trágico final tratando de apagar el fuego cercano a su casa. Eso, además de pegar fuerte en la artista, sumó un grano más de arena a su espíritu militante.

Al respecto, manifiesta: “Urge que nos pongamos en militancia en defender la vida y la tierra, esa es la única vacuna que nos va a sanar. Si no sanamos nuestro odio con la naturaleza, no vamos a curarnos. Entiendo que urge tomar conciencia de eso, urge hablarlo, urge militar, urge acción”, dice.

– Hay una conexión con lo que decís y tu postura con el taller que estás dictando actualmente Somos Tierra que anda…

 Es buscar una forma de explicar cómo yo me planto al momento de dar una clase. Es bajar toda esa militancia, nuestra identidad, con qué me identifico, de qué manera puedo modificarlo, cómo de algún modo podemos volver a conectar con el cosmos. No es solamente la forma de la danza, sino también de qué manera podemos simbolizarla o aplicarla. Es posibilitar que el alumno sienta esa danza, que no repita exactamente lo que yo hago y entonces trato de ver las herramientas  posibles para que la persona pueda expresarse de acuerdo a su manera. Cuando uno baila se conecta con eso, y aparecen todas estas cosas: letra, contexto, paisaje, movimiento.

– También es un aprendizaje para vos misma, no sólo lo que contás, sino el contexto en que estamos viviendo, pasar a la virtualidad a dar clases, por ejemplo…

 En este momento estoy aprendiendo un montón, por supuesto la virtualidad cambia totalmente una manera de dar la clase, pensar en cómo puedo mirar esos cuerpos, además, el delay propio de la red  hace que cada uno esté en distintos tiempos, aprendiendo a que lo virtual no sea un límite sino un desafío para que las cosas puedan trascender y llegar a más gente. Es más difícil pero a la vez también es una herramienta que está disponible para otras posibilidades. Yo preferiría volver por los dos caminos, de alguna manera seguir con lo presencial pero también hacer algunas cosas virtuales, ya que esto me dio nueva pautas de trabajo. Por ejemplo. se ha sumado gente que está en otros países, otros continentes, a la que antes sólo podía llegar viajando en persona.

– Trabajaste con Silvia Zerbini, que hace poco decía en una entrevista, que para hacer proyección tenía que haber mucha historia detrás. ¿Qué opinás de esto?

– Yo creo que es fundamental, y también la observación, que tiene mucho que ver el contexto, para la danza es lo que nos va a enriquecer. Hoy por ejemplo voy a dar en mi clase “el bailecito”, yo no enseño solo la danza, sino el contexto, qué fluencias tiene, por qué se baila así. Quizá, en esos lugares tan abiertos, de donde surgen estas danzas, vos caminas grandes extensiones y por ahí te cruzas en esa inmensidad con una sola persona, y se saluda, aunque uno no se conozca. No pasa en las grandes ciudades, sino en lugares donde las extensiones son grandes, donde la gente vive lejos uno de otro. Eso lo percibí viviendo en el norte. Ese saludito es el reconocimiento del otro, no existo si el otro no me reconoce, y viceversa. Eso tomó importancia corporal y desde ahí es donde yo puedo dar mi clase, hablar de todo el contexto, el paisaje, el cosmos, también tiene que ver con el conocimiento más allá de lo académico, de estar, de conocer a la gente en esos pueblitos alejados, de caminar y experimentar esas sensaciones. Pero también hay que preguntarse, en qué contexto histórico y político fueron creadas las danzas académicas. Muchas veces lo hablamos con Silvia, y nos preguntamos ¿no será que tenemos que volver a replantearnos muchas cosas? ¿No será que tenemos que aceptar modificar? Ahora se abre un nuevo mundo en muchos aspectos –no solo en la danza sino en la vida- entonces, yo como mujer ya no soy la sumisa que me tengo que esconder tras de un pañuelo porque así es nuestra tradición, eso a mí hoy no me representa, ¿entonces por qué no me voy a permitir cambiar?

– Estos paradigmas también cambiaron nuestras formas de actuar, de expresarnos.

– Totalmente, una de las cosas que yo estoy cambiando en esta cuarentena, es dejar de comer carne. No quiero seguir alimentando el negocio que hay detrás de eso. Lo que estamos pasando con el medio ambiente, los incendios por caso, tienen mucho que ver con ese negocio. Preguntarnos si la tradición del asado nos sigue representando hoy. Si esta es mi tradición, y si hay un espacio desde donde yo puedo modificar esto, y puedo hacerlo, lo haré. Y desde mi lugar podré concientizar a gente que no tiene acceso a esta información que tengo, y por ahí hay gente que está empezando a cambiar por otro lado y puede sumar y en ese intercambio, quizá podemos despertar y concientizar a más gente.

– ¿Pensás que también hay cambios en el folklore con respecto al rol de la mujer?

– Sí, es un cambio mutuo, no solo tenemos que ver el cómo nos posicionamos nosotras, hay cosas muy interesantes para aplicar y decir: bueno, ¿ahora qué hacemos con todo esto, hacia dónde vamos?. Son muchas cosas que quizá desde el arte se pueden ir transformando, porque muchas veces siento que se quiere cambiar una cosa por otra, y pienso que lo mejor es transformar la cosas, la metamorfosis es muy interesante. Y esto es lo que estamos hoy viviendo. El viejo mundo ya no da más, es necesario crear un nuevo mundo, ya no hay lugar para cambiar, tenemos que crear, y en esa creación, pienso que tenemos que transformar un montón de cosas, con acción y con responsabilidad. Entonces yo celebro todos estos paradigmas, y ahora  en la cuarentena, tengo la oportunidad de escuchar muchas voces de esos bailarines, porque a veces no se nos escucha la voz y estas entrevistas son muy importantes, para darnos voz y ayudarnos a reflexionar

Gaby Ayala sigue transitando el año en cuarentena, con proyectos que surgen todo el tiempo. A los talleres de danza que dicta online, se suma la obra de títeres que está produciendo, también para presentar en plataforma virtual. Es miembro de la orquesta de instrumentos autóctonos, y sigue creando en plata, en su faceta de orfebre. Distintas maneras de tocar la caja según la región, pequeñas maravillas en ese material precioso. Obras de arte que surgen de una humanidad que conlleva una herencia, pero que se fue transformando a través del tiempo y de absorber cada experiencia, en la militante del arte que es hoy.

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