Todos los días pequeños hombres y pequeñas mujeres declaran guerras imperceptibles como si Lorca jamás hubiera escrito: “la guerra pasa llorando con un millón de ratas grises” y como si los ojos de Miguel Hernández abiertos y muertos, no  interpelaran al mundo con sus pupilas colmadas de ese color del por qué y como si los juguetes de la intemperie, que tantos soldados han dejado en campos de batalla, no hubieran poblado de orfandad y padres etéreos a tantos patios del planeta ¿Dónde comienza la guerra? En qué mirada indiferente que pudo haber dotado de una amorosa tonalidad a los y las invisibles de siempre, en qué mezquino silencio que podría haber abierto sus alas hasta ser un gracias, un perdón o un te quiero, en qué «no» como un puñal, en qué «sí» como ceguera, en qué libro que no leímos, en qué pan que falta,  en qué corazón que no transformamos, en qué plegaria sorda que Dios le reza al humano, en qué nombre que jamás se pronunció con amor, en qué uniforme que nada tiene que ver con el cuerpo de nuestra alma, en qué lunes que en nada se parece a la vida, en qué calabozo donde Cervantes y Oscar Wilde fueron encerrados, en qué nubes que se pasearon orondas ante los campos de concentración, en qué amanecer donde las balas traían la noche, en qué trinchera donde las flores renunciaron al rocío.

¿Qué sentirán los asesinos ante el canto del pájaro, ante la abeja haciendo miel, ante todo lo que nace, ante la música de cada cosa, ante los zapatos del viejo minero, ante el digno perfume de la mujer que vende su cuerpo, mas nunca su alma? ¿Cuántos siglos de reyes, presidentes y generales, que ya son colegas del estiércol, han hecho del paso por la vida de sus contemporáneos un verdadero infierno? ¿Será tiempo de consagrarse a la semilla y su metáfora, y que las escuelas enseñen a niñas y niños a ser ríos y montañas, pájaros y árboles y no mujeres y hombres solo dispuestos a tener razón?

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