Yael Frankel publicó un libro de imágenes y textos llamado Un hueco, que gira sobre ese espacio enorme que ocupan en la vida las pérdidas de un ser querido, amado. A Juan Foco le llegó ese libro a su mano y quedó paralizado. Nunca perdió a un ser querido, amado, pero su empatía hacia la gente con huecos emocionales hizo que se le cayera un lagrimón cuando lo leyó. Al libro lo encontró en la radio con un papelito de una tal Alejandra. Se ve que esa persona quería mucho a quien se lo regaló, pero quien lo recibió tenía tanto dolor que ni tuvo fuerzas para llevárselo, o lo perdió, quién sabe.

Juan llegó a Radio Neptuno más temprano porque justo el Panza había avisado que no lo pase a buscar, pero el Panza es tan colgado que avisó tarde, por lo tanto Juan ya había salido de su casa. Así fue que el llegar más tarde para el Panza se tradujo en llegar más temprano para Juan. Veinte minutos antes, pero suficiente como para revisar el contenido de ese libro, que lo miraba de reojo, con su hueco en la tapa. Juan lo leyó de un tirón y quedó suspendido en el aire. “Se fue y en su partida se llevó algo mío. Me dejó un hueco. ¿Y ahora? Trato de llenarlo, tratan de llenarlo. Pero sigue ahí (sin importar lo que yo haga). Incluso hay días que se adueña de mí. Y de otros. Un hueco puede parecer un lugar desolador y sin embargo cada día me doy una vuelta por ahí. Porque es un sitio cálido, inspirador, un sitio reparador y, sobre todo, seguro. Un sitio diferente a todos, adonde puedo regresar cada vez que quiera. Es que hay huecos y huecos. Y creo que el mío me acompañará siempre, porque sin este hueco, ya no soy yo”. Ese es todo el texto del libro, pequeño pero gigante por el mensaje, y toma vuelo con las imágenes, con dibujitos simples, como si fuera destinado a esos locos bajitos, como decía Serrat, pero es también para los más grandotes, con más o menos locura, con más o menos llagas y heridas abiertas en esta selva de animales salvajes y guerras perdidas. “¿Cómo será tener un hueco tan grande que no se pueda llenar nunca?”, pensó Juan y se quedó con la mirada extraviada mientras el Panza hacía su entrada triunfal en tiempo de descuento.

– Juancitooo, ¿qué onda? ¿Qué pasa que estás así, te compraste un broli?

– No, bolu, lo encontré acá. Es terrible este libro.

– Pero parece de dibujitos, a ver, che.

– Mirá, leelo de un toque antes de entrar a la cabina.

– No, Juan, no puedo, no preparé los temas todavía y…

– Pero dale, dame bola, son cinco minutos, te va a transformar ese texto, bueno, no sé si transformar, pero te va a sacudir, no vas a salir del libro igual que como lo empezaste. Es un rato, leelo.

– Uy, cuánto suspenso, ¿a ver?

El Panza lo empezó a leer y a medida que pasaban las páginas, sus gestos se iban endureciendo, en la quinta página respiró profundo, después se le empañaron los ojos y lo miró a Juan como buscando un símbolo de paz.

– Viste, Panza…

– Es terrible y a la vez es hermoso.

– Un oxímoron.

– ¿Qué cosa?

– Eso, terriblemente hermoso, un oxímoron. Es cuando dos palabras opuestas se combinan y dan como resultante otra cosa. Como por ejemplo, «Maldición, va a ser un día hermoso», como cantan los Redondos, ¿por qué maldecir si va a ser hermoso? Bueno, esa idea también es un oxímoron.

– Puf, qué se yo, me enquilombaste un poco, pero dale que tenemos que arrancar Maestrito Ciruela, vos con tus oxímoron y tus huecos, dale que estoy moqueando todavía.

Juan le dio una cachetada amigable, como para hacer carne el oxímoron, el Panza le sonrió y arrancaron el programa. Juan tiró el libro sobre la mesa de edición, miró la tapa, lo enfocó al Panza que estaba en la cabina y le hizo un corazoncito en el aire con los dedos como si fuera un sticker, pero de verdad. Detrás del corazón, por ese hueco, el Panza vio los ojos todavía tristes de Juan. Hay lecturas que te transforman. Y huecos propios y ajenos que siguen flotando en el viento.

 

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