Hoy es el día. Pasaron los siete de no asomar la cabeza afuera y hoy sí se puede, barbijo mediante, ir a la verdulería a comprar algo de fruta, o a la panadería, o donde sea. El virus vino, se quedó, pasó y sigue su camino. “¡Yo volveré a las calles!”, arengaba Attaque 77 en los 90. Era la historia de un pibe de barrio que estaba encarcelado por robar y que le decía a su novia que iba a regresar pronto para reencontrarse con sus amigos y con ese amor. El tema se llama Espadas y serpientes y está asociado a la parte en la que él habla de los fantasmas del encierro: “Aquí en mi celda estoy muy solo/Solo hay lugar para soñar, soñar, soñar/Sueños de espadas y serpientes/Sueños de muerte y libertad”.

La realidad de un preso no es la de un tipo aislado por coronavirus, claro que no, sería brutal compararse con alguien privado de la libertad por delinquir. Pero de todas las realidades posibles siempre hay algo que linkea con la de uno. Cuando se imagina un encierro, también podés llevar tu cabeza a películas como Papillón, con Dustin Hoffman y Steve McQueen, la inolvidable Expreso de medianoche de Alan Parker o más acá en el tiempo La noche de 12 años, sobre la vida de Pepe Mujica. En todos los casos, desde esa postal social argentina en clave punk hasta las esquirlas de la más despiadada dictadura uruguaya, siempre aflora el encierro como sinónimo de vacío. El no poder salir a la calle porque podés infectar a alguien te genera una sensación rara. No hay rejas, pero de pronto tu casa es como una cárcel. Los que tienen Covid pueden pasar, los que no tienen se quedan afuera, hasta tenés miedo de contagiar al delivery, pese a que tanto él como yo estamos tapados y apenas se nos ven los ojos. Pero ya está, hoy es el día y hay que salir. Ponemos la mejor cara, hacemos las compras, hay que llamar al Panza para coordinar el programa de la noche, empezamos a pensar de qué tema vamos a hablar en la radio y, en síntesis, ponemos la maquinaria en movimiento. Uy, qué extraño que alguien toque el portero al mediodía.

– Hola Juan, soy yo, ¿puedo subir?

– ¿Maite?

– No, Marilyn Monroe. Sí, soy Maite, dale, abrí.

Para Juan, Maite era mucho más que Marilyn Monroe, por eso cuando la vio la abrazó fuerte y evitó darle un beso, por las dudas.

– ¡Qué bueno que viniste! Te extrañé mucho, de verdad.

– Yo también, plomazo, y te traje algo para vos, para que no salgas a comprar comida ni nada. Mirá, te va a gustar.

– ¿Y qué hay adentro de este tupper?

– Abrilo, pero antes dejame sentar y preparar dos mates, si no te jode.

– Sí, dale, Maite, pasá tranqui, a ver…

– Te va a gustar, yo sé lo que te digo…

– Uhh, la ensalada César, y con crotones tostados, pero vos sos una genia. Justo tenía ganas de comer esto.

– Ay, yo sabía, ¿viste? Pero además está hecha con mis propias manos. Hoy no abrí Chucherías a la mañana para dedicarme exclusivamente a cocinarte, ¿qué tul?

– Pero vos sos la mujer perfecta, sos la Arantxa nuestra de cada día.

– ¿Arantxa?

– Sí, una vez te conté esa pavada mía. Arantxa es el nombre de una mujer imaginaria, ideal, que no existe. Entonces si un día te levantaste revirada yo te digo «mirá que la llamo a Arantxa». Y si un día no me querés acompañar al cine, te digo «mirá que Arantxa me acompaña». Y así.

– Pero yo existo. No soy tu Arantxa, pero soy tu Maite.

Juan escuchó «soy tu Maite» y se olvidó de los protocolos. Le estampó un beso estilo sopapa y ella le dio otro más y otro más y otro más. Por primera vez en mucho tiempo Juan volvió a disfrutar de un encierro y se olvidó de la metáfora de los presos, de la cárcel, de Papillón, Attaque 77, del programa de radio y la mar en coche. Los pies descalzos de Maite asomaban de las sábanas mientras los rulos estaban a sus anchas en la almohada turquesa. Juan preparó la mesa para dos. La César no podía esperar mucho más.

 

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