Con un linyera en el techo
se va “el especial de hacienda”
y la máquina tremenda
se la escucha un largo trecho…
como un fabuloso pecho
con un corazón que late
tras el vapor que se abate
la estación se queda sola
y va en el furgón de cola
el guarda tomando mate.

Viejo Tren, Luis Domingo Berho

 


El tren de carga siempre ha sido el hotel de los vagabundos, que solían hacer nido en los galpones ferroviarios para luego confundirse entre el cereal y todo aquello que se enviaba a todo el país. Si bien las casas de estos linyeras siempre fueron los caminos, el tren ha sido su refugio, su mejor amigo, su socio para luchar contra la intemperie. Allí los trashumantes desplegaban sus mapas de vientos e indicaban con un dedo en qué punto cardinal quedaba su nuevo hogar. Los crotos no son de ninguna parte, que es una manera de ser de todos los lugares. A propósito del término «croto». Un decreto del Gobernador de Buenos Aires, José Camilo Crotto, determinó que los peones golondrina que se dirigían a la cosecha podían viajar gratuitamente a razón de dos personas por vagón de carga. Así nació el término Croto, en homenaje al estanciero gobernador que quiso asegurar la mano de obra para las estancias. Los crotos custodiaban los paisajes cuando nadie los poblaba, ellos no dejaron solas a las estrellas cuando la mayoría dormía indiferentemente, sus manos llagadas de vida palpaban las cosechas y los libros, muchos de estos trashumantes eran de ideas anarquistas que los impulsaban a ser libres. En 1936, el censo del Ferrocarril Sud arrojó que en Argentina había 350.000 crotos.

Un prócer de la nación de los crotos fue José Américo Ghezzi, alias «Beppo» o «El Rubio», que por veinticinco años se propuso llegar al corazón de la vida, caminando por las vías del país, él solía decir: “mi casa es angosta pero tiene 70 mil kilómetros”, haciendo referencia a las orillas de las vías de todo el país. Su primer paso hacia el horizonte, los dio en la estación de Tandil en 1930, donde había dejado un amor, una casilla, un padre, un trabajo mal pago, pero sobre todo una idea de vida colmada de mandatos y deberes, una vida desprovista de vida. En el camino tuvo romances, trabajo, fue perseguido por la policía, padeció hambre, probó guisos extraordinarios, leyó libros fundamentales e hizo amistades singulares, como con el Francés, un sabio, culto como pocos, que también decidió interpretar al pie de la letra aquellos libros de los vientos, los que te empujan a caminar, caminar y caminar hacia el confín. Beppo se transformó en leyenda, fue llevado al cine, a la literatura aunque sobre todo al boca en boca de los pueblos en los que anduvo.

Una de las elegías más conmovedoras de los trenes la escribió un poeta croto de Lobería, Luis Domingo Berho, que entre tantos caminos y aventuras, nos ha legado:

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Estación Vía Muerta

Estación vieja y deshecha
que fuiste una romería,
cuando era todo alegría
pa’ los tiempos de cosecha.
Hoy parece que te pecha
el mancarrón del olvido,
quién sabe por dónde han ido
bolseros y capataces,
hombres fuertes y capaces
que pa’ siempre se han perdido.

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