Por Pedro Squillaci | pedrosquillaci@yahoo.com.ar

Ilustración: Enrique Figna


Juan entra en un tiempo muerto, que es también, o mejor, un tiempo vivo. Pero eso, justamente eso le pasa siempre cuando se enfrenta a Maite y su circunstancia. Por momentos está detenido, en pausa, como la estatua de El Pensador, esa famosa escultura de Rodin, en la que el tipo espera lo que nunca va a llegar, igual que el personaje de Zama, de la novela de Antonio di Benedetto que Lucrecia Martel llevó a la gran pantalla. Pero eso le pasa cuando se enfrenta al compromiso. Digo, al compromiso de una relación. Esa belleza que asoma en Maite, la calidez de su mirada, sus rulos, su amor, bah, todo eso, también es una pantalla, una gran pantalla. Y lo que está detrás de esa pantalla es el hecho de enfrentarse a la dura realidad de la pareja. ¿Qué implica una pareja? ¿Por qué taaaaaaaaaaaaaaaaanto miedo? Y claro, es que el miedo asoma la nariz cuando la vida de a dos determina cercenar ciertas libertades y licencias que permitía la vida de a uno. Pero esto no es una ecuación matemática, piensa Foco. Esto es crecer, esto es pegar el salto, esto es proyectarse a una relación sentimental duradera de una buena vez, pensar en grande, en compartir el día a día todos los días que vienen y a la vez pensar en algo más, por ejemplo, una familia. ¿Quéeeeeee? ¿Una familia? Juan se pone como loco cuando lo piensa. Queda en modo pausa. Modo muerto. ¿Cómo se cambia a modo vivo? En eso, el celu suena a full con el ringtone de A brillar mi amor. Es el Panza.

– Hola fenómeno, ¿qué pasa calabaza?
– Hola Pancita, acá andamos, pensando.
– Dale, dejá los chistes para después, ¿desde cuándo pensás?
– Apa, tomaste Agresol en grageas, ¿qué te zampa, Panza?
– Nada, es que sé que te meloneás siempre con algo y seguro que desde que te encontraste con Maite de nuevo debés estar con la croqueta dale que te dale.
– Bueno, parece que tengo un amigo que además de ser chistoso es vidente.
– Vidente no, pero sos de manual, Juan.
– Ah, se ve que Maite te pasó data, ahora me llamás igual que ella.
– Juajuajua, pará bolu, pará que me meo, juajuajua.
– Bueno, me llamás para joder o para otra cosa.
– No, la verdad que no te llamo para otra cosa, te llamo porque sé que debés estar a full con Maite y no quiero que la cagues. O sea, hermanito, jugátela por ella de una vez y dejate de joder. Así te lo digo, de frente manteca.
– Pará máquina de rock, no te imaginás lo que estoy pensando….
– ¿Qué no me imagino? Vos ya estarás con ganas de rajarte porque estás imaginando que ahora, si arrancaron de nuevo, ella va a ir por todo, te va a apurar como empoderada que es, y… ojo que yo la banco ¿eh? Y te va a decir que en unos meses más, ya que estamos, para que vamos a gastar dos alquileres, usemos un depto solo, hoy te dejo el cepillo de dientes, pasado dejo la remera, el domingo llevo los ravioles y ¡zas!. Con-vi-ven-cia.
– A veces pienso que te quiero más que un hermano y al mismo tiempo pienso que te quiero matar. No sé cómo se llama ese pensamiento.
– Cagazo, así se llama, dejate de joder, poné quinta a fondo, no arrugues. Ya está, te lo dije. Ahora hacé lo que quieras, casate con otra si querés, echame del programa, no me vengas a buscar más con el Focus, hacé lo que quieras, pero no pierdas a esa mujer, no seas bolu amigo, eso solo.
– Bueno, pero…
– Pero nada, pensalo, Rodin, pensalo, pero resolvelo. Te quiero amigo, me voy a armar el programa, abrazo.
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Juan se quedó helado, en modo pausa, no podía reaccionar. De pronto, sintió que entró un Whatsapp y era Maite. «Hola amorcito, ¿qué llevo el domingo para comer?». Y Juan no dudó y le contestó «Ravioles». Casi sin pensarlo, se acordó del Panza y se le iluminó la cara.
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