#CancioneroDeLaPatriaGrande

Por Federico «Poni» Rossi |  piukemil@gmail.com

Fotos: Gentileza Héctor Numa Moraes


Corría el año 1973, en las noches del Cerro, allá por Montevideo, donde al calor de una boite un morocho de porte adusto tomaba su guitarra firmemente y con voz seria y afinada comenzaba a entonar unos versos de añoranza:  “Duraznero y cinacina señalan la población; comisario y panteón, cercos de piedra y neblina, la población de Curtina, la plaza con bienteví, la canchita del gurí, pocas paredes y muros, muchos terrones oscuros, el cantor viene de ahí...” Era don Alfredo Zitarrosa quién, al lamento del amigo cantorcito “muerto”, entonaba la milonga que don Washington y Carlos Benavides habían compuesto en su memoria. Ese cantorcito del cual hablan esos versos era el «Numita», don Héctor Numa Moraes, que en 1972  viajó de Montevideo a Buenos aires a para grabar unas canciones y ya no pudo regresar a su país. No al menos hasta pasado unos doce años. De Buenos Aires pasó a Pasó a Chile y a partir de ahí poco mas se supo de él. Lo creyeron muerto tras el golpe a Salvador Allende, pero él estaba más vivo que nunca y a salvo en la isla de Fidel. De ahí viajó a Europa desde donde proyectó el ansiado regreso.  “Ese pajarillo que hacía escuchar su canto ―como reza la milonga― pedía libertad”.

En entrevista exclusiva para De Coplas y Viajeros dialogamos con el cantautor uruguayo don Héctor Numa Moraes, protagonista fundamental en la construcción del cancionero de la Patria Grande. Con él recorrimos su historia, que no es otra que la historia del canto social uruguayo.

– Desde muy pequeño abrazaste la música, allá, en tu Tacuarembó natal ¿cómo fueron esas primeras incursiones?

– Así es. Empecé de muy niño, a los 8 años, estudiando música en el Conservatorio Municipal que fue fundado por Tomás Múgica, un músico maravilloso, vasco él, que vino al Uruguay por motivos de la guerra. Ahí fue profesor de Abel Carlevario, de Héctor Tosar ―dos grandes músicos―, y después se radicó en Tacuarembó donde fue profesor y amigo de Washington Benavides. Yo empecé estudiando bandoneón con René Marino Rivero, aunque fue muy corta mi estadía con ese instrumento ya que mi padre, que era comisario de la policía, fue trasladado a otro pueblito donde no había profesores, así que empecé a cantar. Cuando volví fui parte del coro del Conservatorio. Así fue que conocí por primera vez Montevideo. Ahí empecé a estudiar en serio la guitarra. Mi primer maestro fue Domingo Alvarenga, un muchachito que venía a estudiar a Montevideo con los grandes maestros: Antonio Pereira Arias, Oribe Dorrego, e incluso, después con Carlevario.

– Alguien que marcó mucho tu historia fue Washington Benavides ¿Cómo se conocieron?

– Lo conocí en el liceo, justamente cuando se editó su libro Las milongas de Washington Benavides. Se le hizo un homenaje y a mí se me ocurrió, para llamar su atención, cantar algo especial. Tanto le llamó la atención que me invitó a su casa y empezamos todo un trabajo que siguió hasta el año de su muerte, en 2017.

– Eras muy joven. Tenías menos de 20 años…

– Sí. 16 o 17 años. El libro Las milongas… fue editado por primera vez en el 65. Ahí fue que yo tomé contacto con él. Bajo su influencia es que fui cambiando mi repertorio. Si bien yo nunca cantaba las canciones más conocidas, con él elegí un repertorio. Acá llegaba mucho folklore argentino. Recuerdo tener discos de Don Eduardo Falú, de Chango Rodríguez, entre varios más, y que llegaban  por los grandes sellos discográficos (Phillips, CBS, RCA Víctor).  Cuando empezaba a llegar la música uruguaya me encontré con Daniel Viglietti, Osiris Rodríguez Castillos, Aníbal Sampayo. Un poquito después Zitarrosa y Los Olimareños.

Recuerdo que, antes que yo comience mi trabajo con Benavides, Los Olimareños me invitaron a cantar y elegí una canción de Carlos Di Fulvio, es decir, tenía un repertorio de canciones de raíz folklórica. De todas maneras, mis maestros de aquel entonces no eran tipos esquemáticos. Estudiaba con los métodos clásicos, pero también con milongas, por ejemplo, de Osiris. Por otra parte, el trabajo con Washington fue fundamental porque fue un maestro alejado de todos los esquemas. En su casa podíamos leer a Antonio Machado, a Miguel Hernández, a Alfonso Reyes o a Juan Gelman. Podíamos escuchar a los Beatles, a los Rolling, a Simon & Garfunkel, a Larralde o a Los Olimareños, y por supuesto a Daniel Viglietti.

Recuerdo que, cuando lo vi cantar y tocar a Daniel, cambié mi forma de presentarme: me peinaba como él y  comencé a cantar con la guitarra en una posición distinta.

Aquella fue una época maravillosa. Ver a Horacio Guarany una o dos veces en Tacuarembó, o a Jorge Cafrune. Fue una época muy emocionante. Después llegó Zitarrosa, que se comunicó con Benavides, y yo canté antes que él. También me invitó a venir a Montevideo. A partir de ahí comenzamos una amistad increíble con él, con Los Olimareños y con Daniel, quien me dio clases gratis de guitarra.

– Entonces, aquellos a quien considerabas tus referentes, te “adoptaron” de alguna manera ¿cómo fue la relación con Viglietti?

– Así es. Yo era el más joven y realmente fue una experiencia muy rica. Recuerdo que Daniel me regaló una guitarra que nunca supe, en realidad, si no participaron todos en ese regalo. Nunca me quedó muy claro. Tampoco me lo quisieron decir. Daniel me mostró unas guitarras y me dijo que eligiese una para el Conservatorio que estaba iniciando y en el cual me pidió que diese unas clases de canto de raíz folklórica ¡Imaginate! Mi segundo disco lo grabé con esa guitarra. Recuerdo que en aquel entonces, año 69, estaban los Quilapayún en Montevideo. También Víctor Jara. Yo estaba haciendo un espectáculo con Julio Calcagno en un teatro y ellos fueron a verlo. Estaba grabando y les pedí que me acompañasen en una canción. Aceptaron y fueron al estudio Eduardo Carrasco, quién tocó los vientos, y con él otros compañeros registramos Vasija de barro.

– Contame un poco más sobre la sociedad artística  que hicieron Whashington Benavides y vos.

– Lo vivido en casa de Washington fue muy importante. No solo yo iba a su casa, sino que también Eduardo Labarnois, Eduardo Lagos, quienes habían armado entonces un dúo llamado Los Eduardos. Iba también Eduardo Darnauchans. Recuerdo que lo primero que me hizo escuchar «Bocha» Benavides fue una canción que cantaba su padre: Don Héctor Benavides. Se supone que mi nombre es por él, ya que mi padre era muy amigo suyo. Me dio La Chamarrita. Luego comenzamos a cantar folklore riograndense. Tradujo la canción Joâo de barro, hicimos Din-Hug el juglar, que era una canción a Vietnam, hizo una de las primeras canciones dedicadas al Che: Habanera-Milonga, me hizo cantar Las golondrinas de Becquer, Nocturno a Rosario, en fin. Canciones sobre Vietnam, sobre Cuba, sobre política uruguaya como el Gato de los imposibles y las milongas suyas. Con todo eso él armó un disco para que cantase, y yo apenas tenía 18 años. O sea, armó aquella idea de cantar un repertorio con sentido y que no fuera conocido.  Esa experiencia con Washington me abrió la mente e hicimos cantidad de canciones. Aún tengo muchísimos temas que no pudimos grabar.

– Imagino que en aquel entonces, en Tacuarembó, tampoco habría estudios de grabación.

– En aquella época para grabar había que venir a Montevideo y si no tenías dónde quedarte no podías venir. Yo tenía unas tías y ahí me quedaba, además del apoyo de Zitarrosa, de Daniel Viglietti y de Los Olimareños fue fundamental. Braulio y Pepe me pusieron a cantar todos los fines de semana en su vinería. Era un momento muy político y muy movido. En ese entonces me le fui un poco de las manos a Washington Benavides ¡Pobre! Empecé a cantar una canción muy directas, muy panfletaria, y me metí en las luchas de aquel momento por lo cual, en el 72, me tuve que ir del Uruguay. Había quedado requerido, pero antes de irme había grabado La patria, compañero, mi tercer disco, que fue muy difundido y donde musicalicé textos de Guillén, de Miguel Hernández, de Circe Maia, de Sarandy Cabrera y varios de Washington, pero en la calle, en los barrios cantaba una canción más directa y panfletaria. En eso tuve choques con Zitarrosa, ya que él proponía una canción más seria, aunque igual le gustaba lo que grababa.

– En aquel entonces, en ese mapa que se iba conformando de la música uruguaya, surgían duplas compositivas muy fuertes en cada región…

– Nosotros tuvimos esa suerte maravillosa que no siempre se da. En el caso de Los Olimareños, a Rubén Lena y a Víctor Lima, por ejemplo. Treinta y Tres se enriqueció enormemente con esos poetas y con las voces de estos muchachos que tenían, en aquel entonces,  17 y 18 años. Nosotros tuvimos la suerte de tener a Benavides que, como todos aquellos poetas, no tenían esa cosa de que “usted canta lo que yo diga, o como yo quiera”. No. Nos abrían el mapa. Tenían una gran cultura. Un día, recuerdo, lo encontré leyendo a Machado, y ahí mismo nos pusimos a musicalizar esas lecturas. Recuerdo también que estaba Eduardo Lagos con un grabadorcito y registró aquello.

Con ese registro ocurrió una cosa muy cómica porque al final nos cansamos de Antonio Machado y seguimos con el poeta venezolano Manuel Felipe Rugeles, con quien grabé un disco para niños en el 72, pero ahí nos pusimos a improvisar y cantamos una canción que es Ayer crucé la frontera, o también conocida como Cantigal del desterrado. Años después, ya estando yo en el exilio, escuché esa canción en la voz de Labarnois-Carrero y me encantó. Cuando volví del exilio le digo a Benavides:

―¡Paa! ¿Sabés que estuve ensayando esa canción que cantan Eduardo y Mario? Ayer crucé la frontera, de Rugeles ¡Qué bonita! ―y él me dice:

―¡Pero si es tuya, abombado!

―¿Qué? ―le digo yo. Y ahí saca un casete y sí, era lo que habíamos improvisado aquel día. Para no creer.

– Recién hacías mención de tu exilio ¿cómo viviste aquella etapa?

– Me mandaron irme. Era una etapa muy difícil, sobre todo para quienes estábamos en torno a las organizaciones. Caía gente continuamente y no tenía donde ocultarme. Yo estaba grabando en Buenos aires y me mandaron a decir que ya no volviera porque estaba la policía en mi casa. En Argentina me ayudaron mucho, «Tata» Cedrón, también Juan Gelman y China Zorrilla para que pudiera pasar a Chile. Poco tiempo antes del Golpe de Estado en Chile me sacaron a Cuba donde estuve casi un año. En Uruguay creyeron que me habían matado en Chile. Hasta una canción me hicieron. Estando en Cuba recibí un casete de Zitarrosa ―ya sabían que estaba bien y le habían avisado a mi madre­―, y en ese casete estaban Pepe Corvina, Doña Glyde, el Chote de Don Tatú y la milonga que me habían hecho: Defensa del cantor. Después de Cuba me mandaron para Europa a cantar.

– ¿Qué sentiste cuando supiste de esa milonga?

– Te cuento que me cuesta bastante recordar todas estas cosas. Esa milonga la compuso Carlos Benavides con letra de Washington Benavides, y te cuento, no la pasaron bien. Yo me enteré mucho después. Hace poco un compañero me escribió a la radio para que contase la historia de Defensa del cantor, entonces como yo la sabía mas o menos lo llamé a Benavides y le pregunté: «Bocha, contame cómo fue». ―Nunca me habían dicho―, Carlos y Washington estuvieron mas de una semana presos por culpa de esa canción. A «Bocha» lo trajeron desde Tacuarembó. Fue tan “cómica”, entre comillas, que tuvo que pagarle el pasaje del tren, ida y vuelta, al policía que lo trajo. Ya estando acá le pegaron. La pasó brava. Además de ellos cayó preso también el papá de Carlos Benavides que no tenía nada que ver. Fue horrible. A Washington lo tuvieron toda la semana sin apagarle la luz, en un calabozo, y con la voz de Zitarrosa a todo volumen sin parar, día y noche. Por suerte, se ve que uno de los policías que fue alumno de Benavides les paró la mano a sus compañeros. Alfredo se tuvo que ir del país. No pudo cantar mas.

En la primera edición uruguaya de ese disco estaba la canción, pero inmediatamente llamaron al sello y les dijeron que la saquen. En su lugar pusieron La donosa, una zamba argentina. ¡Fijate vos todo el relajo que armé!, y todavía les eché a perder la canción, digo, que es preciosa, pero eran cosas de aquella época, de las censuras estúpidas e inútiles. Fue una dictadura terrible.

– En 1984 regresaste al Uruguay ¿cómo lo viviste?

– Estuve un año en Cuba, estuve en Suecia, después fui a Francia donde estuve un año. Ahí cantábamos mucho con Marcos Velázquez y con el Sabalero, y por culpa del Sabalero fui para Holanda. El Sabalero tenía que ir a cantar allá y andábamos de gira por el sur de Francia, pero el vino del sur de Francia era exquisito y dijo ―¡No! ¡Que vaya el abombado este! ―Y me mandaron a mí. Allá caí entonces y me querían matar:

―Nosotros anunciamos al Sabalero―,

―está enfermo, ―les digo

―Y bueh. Pero me enteré, por casualidad, de que se estaba por editar un disco mío: La patria compañero. Entonces me comuniqué con Konrad Boehmer, un alemán que era compositor y que vivía en Holanda. Me puse a sus órdenes para traducir los textos y para todas esas cosas y participamos en la carátula. La carátula es una cosa muy cómica, muy especial, porque nosotros queríamos hacer como una guitarra de la cual de dentro de la caja saliera el sol, pero que tuviera en vez de cuerdas alambres de púa para significar la dictadura y los campos de concentración.

Recuerdo que sacamos las cuerdas a una guitarra. Konrad consiguió, no sé como, alambres de púa que atamos en unas tablas y enfocamos la guitarra sin cuerdas a esos alambres. Después me llevó a un hospital donde hicimos una radiografía de la mano, de frente, ahí, como para ver un esqueleto ¡Todo lo que había que hacer para hacer una carátula es insólito! Lo que no pudimos fue sacar el sol de adentro de la guitarra.

– Y al final decidiste quedarte en Holanda…

– Sí. Se me ocurrió preguntarle a Konrad si tenía alguna posibilidad, porque él trabajaba en el Conservatorio Real de La Haya, de poder empezar a estudiar ahí. Y me dice creo sí, porque el jefe de la cátedra de guitarra es un uruguayo: Antonio Pereira Arias. Él había sido el profesor de mi primer profesor, y además una eminencia, un director de orquesta famoso en el Uruguay. Uno de los grandes guitarristas alumno de Andrés Segovia.

―Vení tal día que yo te lo presento, ―me dijo Konrad, y ahí fui a La Haya desde Utrecht. Abrió la puerta y dijo:

―¡Antonio!¡Aquí te traigo un coterráneo! ―Porque hablaba muy bien español Konrad Boehmer. Ahí quedé frente al maestro. No lo podía creer. Ahí el viejo me dice ―Ah, sí ―Se ve que ya le había comentado algo. ―Yo lo oí nombrar a usted―. Al final llegamos a la conclusión de que tenía que estudiar un año para dar un examen de ingreso y aprender el idioma. Lo hice y estudié ocho años con el maestro. Hice dos diplomas. El último lo terminé en el 84, por lo que no pude ir a levantar el diploma porque me vine para Buenos Aires a cantar. El viejo me quería matar pero fue mi compañera. Ese año se me dio la posibilidad de que se me levantara la censura aquí y ya estaban sonando algunas canciones en la radio. Volví en el 84, en octubre, las elecciones eran en noviembre y llegué a votar. Canté acá muchísimo y me fui a Holanda a organizar lo mas difícil de todo que es el desexilio, porque al exilio te vas, o te matan o te meten preso. En el desexilio podés quedarte. Fíjate: tenía dos diplomas, podía dar clase en cualquier lugar, estaba por nacer mi hijo, era todo un lío. Mi otro gurisito, el Tato, que es el gurisito de la canción de Viglietti, vivía en Cuba. Ahora vive en Holanda. Cumplió 50 años el otro día, pero el Milo, mi hijo holandés estaba por nacer. Ahí se dio el desexilio. Vinimos para acá. Ya en el 85 estaba acá en casa de Eduardo Labarnois, en casa de Mario Carrero, de Víctor Cunha, de distintos compañeros que me dieron ahí posada y cantando y volviendo a Holanda a arreglar los papeles y las cosas. Ya e el 86 estaba radicado muy cerca de la casa de Zitarrosa y por eso es que nace todo un contacto con él día a día. Éramos como hermanos. Tanto Alfredo, como Los Olimareños, Daniel Viglietti, Washington Benavides, eran una gente maravillosa que me ayudaron muchísimo acá en Montevideo ¡Puf!

– A tu regreso a Uruguay iniciaste una labor muy interesante como comunicador…

– En Holanda, al estudiar en el Conservatorio, se me abrió un panorama increíble. El maestro Pereira Arias me decía ―Aquí no me venga con cancioncitas ¿no? Acá usted tiene que hacer el programa del conservatorio―. Y eso que era amigo de Osiris y de Atahualpa Yupanqui. Muy amigo, pero nada de cancioncitas. Holanda me dio la posibilidad de escuchar música africana, por ejemplo, o de otros lugares de Latinoamérica. Ahí andábamos con el Inti-Illimani, con Quilapayún, con Illapu, con el Payo Grondona. Así empecé a ordenar un material que fui recolectando. Archivaba todos los datos con autores, títulos de las canciones, etc., con mi máquina de escribir. Allá por el 88, cuando grabamos el disco con Alfredo, surgió la idea de hacer juntos un programa de radio. Zitarrosa era, antes que cantor, hombre de radio. Lamentablemente falleció en enero del 89 y no pudimos concretarlo. Fue a partir de ahí que, con un amigo muy conocedor de la obra de Alfredo, Fabián Coutinho, empezamos a hacer un programa juntos aprovechando todo aquel material que yo había acumulado. Con la asunción de este nuevo gobierno no pude seguir en la radio, pero actualmente salgo haciendo algunas cosas en la Nueva del Sur, una radio on line que sale por Zeno desde Canadá transmitiendo programación cultural las 24 horas.

– ¿Andás con ganas de cantar?

– Después de la muerte de Benavides y de Daniel la cosa fue bastante dura. La verdad que estuve varios meses sin agarrar la guitarra.

– Fueron muy cerca ambas muertes…

– Sí. La de Daniel me golpeó mucho. Con Benavides estuvimos trabajando hasta unos meses antes pero estaba muy mal, es decir, ya sabíamos que iba pasar, pero con Daniel estuvimos unas horas antes charlando. Estaba perfecto, muy entusiasmado. Fue un golpe terrible. Pero después hice algunos homenajes a él. Grabé, incluso, un disco con algunas cosas suyas. Fuimos a Canadá en una gira en su homenaje. Ahora estoy embalado tocando música clásica, moviendo los dedos y ahora tenemos un proyecto con un guitarrista muy importante para el año que viene, de hacer un recital de música clásica y música popular.

4 comentarios para “Defensa del cantor. Entrevista con Héctor Numa Moraes

  1. Marcelo dice:

    Excelente entrevista a un grande la música uruguaya, parte de nuestra historia y los exilios.

  2. Damián Lemes dice:

    Que hermosa nota, cuanta coherencia. Que lindo conocerlos a ambos. Abrazo Poni y Numa.

  3. Milton dice:

    excelente entrevista, a un grande de nuestra cultura el maestro numa

  4. MARÍA dice:

    HERMOSÍSIMA NOTA, CUANTO HAY QUE SABER SOBRE LOS CANTORES URUGUAYOS, SU HISTORIA ES LA DE MILES QUE ANDUVIERON DE AQUÍ PARA ALLÁ, LA DIÁSPORA URUGUAYA POR EL MUNDO A CAUSA DE LA DICTADURA, EN FIN QUÉ BUENO QUE NOS QUEDAN TODAVÍA HOMBRES COMO ÉL¡¡¡ LO ADMIRO PROFUNDAMENTE, ES MÁS EL PRIMER DISCO QUE COMPRÉ CON MI PRIMER SUELDITO FUE PRECISAMENTE LA PATRIA COMPAÑERO¡¡¡

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.