La soledad tiene ese sabor agridulce que de tan indefinible nunca se sabe si está bueno o está malo, por momentos está todo mal y al ratito está todo mucho mejor. “Cuando estás libre hacés lo que querés pero a veces lo que querés es estar con tu chica y no la tenés más. Eso es el costo de elegir la libertad, pero hay que bancarla, amigo”, le sabía decir el Colo a Juan, un diseñador copado que parecía un 9 de área, porque estaba casi siempre en el lugar justo en el momento indicado para clavarla al rastrón cerca del palo. Juan sabía que sin Maite tenía tiempo y espacio para hacer la suya, desde salir a caravanear, tomar birras con sus amigos hasta la madrugada, ponerse todas las aplicaciones de citas y salir hoy con Jésica, mañana con Paola, pasado con Ximena, y sin darle explicaciones a nadie. Y…..arriba con esa libertad…pero…..había algo que no estaba bien. Juan no se había peleado con Maite, solo estaban distanciados físicamente, a unos cientos de kilómetros sí, ella en la montaña, él en la ciudad, pero el vínculo seguía. Nadie dijo adiós, o hasta luego, o cortemos hasta la vuelta, nada, nada de nada, solo fue el chaucito romántico, corazoncitos, mensajitos, besitos arriba del Sierras de Córdoba, arrancó el bondi y chau pichu. ¿Y ahora?

Habían pasado 15 días desde aquella despedida en la Terminal de Ómnibus, y con el correr de los días la intensidad de los mensajes fue decayendo. ¿Pero cómo? ¿No era que cuanto más tiempo estás sin ver a una persona más la extrañás? Bien, un poco y un poco, como lo agridulce de la soledad. El primer día en Capilla fue una larga llamada telefónica con mensajitos, el segundo día llegó el videíto de Chucherías, la foto del abrazo con su amiga y no mucho más, el tercer día fueron tres o cuatro audios, uno largo, los otros muy cortos, al sexto día hubo una videollamada y un te extraño antes de acostarse, después hubo dos días casi sin mensajes porque Juan también estaba al palo en ese fin de semana, y al toque a Juan le agarró la locura y le mandaba dos mensajes por hora, como atormentándola, y se puso crazy porque ella no le contestaba. Una demanda excesiva e innecesaria, casi como todas las demandas en la pareja. Ella una vez le demostró cierto fastidio por tantos mensajes, él le clavó el visto y no la mensajeó más. Ni un día, ni dos, ni tres, ella insistió, lo llamó, por llamada común , por Whatsapp, y nada, Juan no atendió. Hasta que un día, a la noche, cuando Juan sabía que ella estaba en la casa a punto de dormir, tipo 11.30 de la noche, la llamó.

– Hola Maite, soy Juan.

– Ya sé, ¿te presentás porque imaginás que no te registro más?

– Y, maso, ya ni me contestás los mensajes.

– ¿Y vos? ¡No me respondiste ni una sola llamada estos días y me clavaste el visto en todos los mensajitos míos!

– Bueno, pará, pará, contame cómo estás, más allá de todo este teléfono descompuesto, dale.

– Bien, qué se yo, es todo de a poco, me voy acomodando, ¿viste? No es que vengo, pum, en una semana ya soy una cordobesa más, no, ni ahí, te tienen que conocer, tenés que caer bien, todavía nos estamos amoldando a la convivencia con Marcela, es mi amiga, me invitó acá, pero hay que ajustar cositas, no es sencillo. Y…

– ¿Y yo?

– ¿Cómo y vos? ¿ Y vos qué?

– No, nada, digo, si pensaste en mí, eso..

– Pero pará, manija, me preguntaste cómo estaba y te cuento, después te digo qué me pasa con vos.

– ¿Y qué te pasa conmigo?

– ¿Pero qué parte del después te digo no entendiste?

– Bueno, ya sé, disculpá la ansiedad, hace tanto que no hablamos que esperaba que me dijeras al toque “te extraño”, “cómo extraño tus mimos”, o “qué ganas de volver a tener los inolvidables martes a la noche en tu depto” o….

– Pero, pará, déjame que yo te diga a mi manera, cuando yo decida qué es lo que me pasa, y si te extraño dejame que le ponga yo mis palabras, no me des la versión guionada del periodista de Radio Neptuno….

– Pará, tampoco te pongas así, yo creo que…

– Ahora no puedo seguir, “buen día señora, un minuto por favor”. Juan, tengo gente en el negocio, después te llamo, beso.

Juan se quedó con la palabra en la boca. Estaba como suspendido en el aire. Se quedó mirando a la nada. Abrió la ventana y la palomita que siempre se apoya en el aire acondicionado se posó serena frente a él, parecía que le quería decir algo. Pasaron diez minutos y entró una llamada de Maite, después otra llamada más y al rato entraron dos por Whatsapp. Juan no atendió.  Se sentía sentado al borde de una silla desfondada. Y, como cantaba Baglietto, seguro que habrá más penas y olvidos.

 

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