La de la catamarqueña es una de las voces que más respeto genera en la nueva generación de la música popular. Su historia de vida también es admirable: dejó su Andalgalá natal para arriesgarlo todo en Buenos Aires, donde apostó por lo colectivo y formó tres de las experiencias artísticas más enriquecedoras de los últimos años como Seraarrebol, Don Olimpio y Proyecto Pato.

Por Andrés Fundunklian | doblecentral@gmail.com

PH: Eduardo Fisicaro  | Edición: Lara Pellegrini


Es imposible no estremecerse al escuchar su voz, sin importar el contexto: puede ser en un gran festival homenajeando nada menos que a Mercedes Sosa, en una guitarreada dispuesta en algún patio porteño o con los cerros de fondo y hasta desde un video en YouTube que recorre el mundo junto a una imponente orquesta. Además de surcar las geografías, la voz de Nadia Larcher también atraviesa los géneros y vuela libre como el viento. Sí, parece sonar a la medida de la música de raíz folklórica, dejando su profunda huella en una vidala o una zamba, aunque también se pone al servicio como un elemento más en el magnífico ensamble Don Olimpio o se aventura con osadía a nadar en los inmensos mares de Luis Alberto Spinetta.

Larcher pertenece a esa estirpe de cantoras que no interpretan una canción, sino que dialogan con ella de una manera trascendental. Ni la obra ni la artista serán las mismas después de encontrarse, sonar y toparse con la escucha. Mucho de ese estilo tiene que ver con su origen, su historia y su relación con el canto. “Los primeros recuerdos vienen de la música que había en mi casa. No era música de discos, era música en vivo, música cotidiana, música que venía de la vida que mi mamá y papá estaban construyendo para nosotras. Esa música nacía de los rincones, del fuego abrigador de la chimenea. Siempre me sentí atraída por los sonidos, por lo que cantaba mi madre. Siempre quise estar husmeando en la intimidad de ellos haciendo música para ellos. Había algo misterioso que me atraía de lo que pasaba frente al fuego con una guitarra sonando”, rememora sobre su primera infancia en Andalgalá, el pueblo-ciudad de Catamarca que la vio nacer y crecer hace 33 años.

Hija de madre tejedora y padre mecánico, cuenta Nadia que de muy pequeña le nació una fuerza irrefrenable por cantar. “A los cinco años tenía tantas ganas de cantar que lo hacía en cualquier parte sin pudor y a los gritos. Recuerdo que a esa edad fue la primera vez que recibí un aplauso por ello: mi hermana mayor me llevaba a misa, yo me sabía todas las canciones y al parecer cantaba fuerte. El sacerdote decidió parar la celebración e invitarme al altar para que cante para todes les presentes, al micrófono. Lo hice sin problemas. Aún recuerdo el aplauso. Mi hermana moría de vergüenza y yo estaba recontra feliz. Desde ahí a las presentaciones en el techo de losa de la casa de mis padres, con un palo de escoba en la mano y un público imaginario fantástico. De ahí a mi primera clase de guitarra y a mi primera presentación en un festival de niñes. Mi vida siempre fue la música. Todos mis recuerdos están atravesados por ella. Nací para entregar mi simple y mundana existencia a los sonidos”.

Al ser consultada por su formación temprana, ella no destaca a grandes figuras de la música, sino a sus compañeros y amigos. “Mi infancia fue sin discos, ni casetes ni vinilos.  Tenía a mis padres y una bolsa de cancioneros editados por Arnaldo Pintos que fue la vertiente. Cuando comencé a relacionarme con los músicos de mi pueblo comenzó la magia, fueron muy importantes para que yo abriera mi mente y corazón a músicas nuevas”, explica Nadia y nombra a Jorge «Shaggy» Maidana, Patricio Pedersoli, Jorge Ramos, Dardo Soria, Martín Cecenarro y su maestro, Luis «Pipo» Cecenarro, a quien Nadia presenta en la serie documental El país de la vidala de Ignacio Lovell (2011). En ese primer episodio, se la puede ver buceando en fotos familiares y los recuerdos de sus primeros premios en esa aventura adolescente, como Revelación en la Fiesta Nacional del Poncho (2000) o Consagración en la Fiesta Nacional del Fuerte de Andalgalá (2003).

Esos años oscilaban entre los festivales catamarqueños, el legado de los referentes de su tierra natal y la música que comenzaba a descubrir. “Recuerdo que mi primer CD lo compré en el Patio Olmos de Córdoba. Fue Californication de Red Hot Chili Peppers (publicado en 1999) y lo pagué ocho pesos. Eran todos mis ahorros. No llevé nada más de ese viaje o me llevé todo. La felicidad de mi primer original. Todavía lo tengo entre los tesoros que dejé en Andalgalá”, relata con nostalgia. Sin embargo, los músicos de su región le marcaron el camino. “Entre mis referentes de aquella época está una gran cantora llamada Mirta Reales, de Fiambalá. Tiene una voz potente y profunda y una conexión total con las personas. Amaba escucharla. También el Grupo Chelemin con sus canciones que narraban la historia de mi pueblo. Luego comencé a viajar y la pequeña vertiente de agua que alimentaba mi música se convirtió en un océano o en dos, siempre gracias a compañerxs, siempre a través de otrxs”, agrega.

Otro acontecimiento que marcaría la vida de Nadia y todos los habitantes de Andalgalá por esos años, a fines de la década del 90, fue el conflicto que desató la explotación minera a cielo abierto Bajo La Alumbrera, uno de los primeros emprendimientos de su tipo en el país. El discurso del progreso con el que desembarcó la empresa multinacional se vio fuertemente cuestionado por el de la defensa de los recursos naturales que manifestaba una parte de la población, alertada por los brutales métodos contaminantes que utilizan para extraer los minerales. “A los 15 años pinté mi primera pancarta y caminé con mis vecinos por la plaza del pueblo. En los primeros tiempos, fue muy conflictivo y difícil participar porque las manifestaciones en los pueblos aún son vistas con el lente de la dictadura. Había mucho miedo y se escuchaba mucho el ‘no te metas’. Durante esos años he visto y sentido en mi propio cuerpo y canto la violencia del poder para con los movimientos comunitarios que pedían explicaciones a los gobiernos y las empresas respecto de qué estaban haciendo en nuestras montañas: censuras, represión, golpes, persecución”, cuenta.

De esa época, rescata la labor colectiva y el motor transformador del arte. “Fue tan fuerte ese proceso que toda nuestra labor artística estuvo atravesada por lo que le pasaba al pueblo. Gracias a amigas y amigos de Andalgalá que trabajaban en teatro (Sabrina Fochessato, Ana Laura Domínguez, Alberto Moreno, Ana Radusky, Aldo Flores) se creó una narrativa sobre lo que vivíamos y pudimos manifestarnos desde performances, conciertos, poesía, teatro, danza. Hubo y hay mucha violencia institucional pero los vecinos siguen caminando. Cuando me fui sentí que me alejaba de la lucha pero pronto me di cuenta que no era así, que se venía conmigo porque es parte de mi historia y mis memorias. Todo eso además se evidenció cuando lxs vecinxs viajaron a Buenos Aires e instalaron una carpa frente a Tribunales. Pasamos días enteros ahí, cantando y compartiendo con otras luchas”, relata.

Esa lucha la marcó para siempre y nunca más pudo dejar de pensar el escenario como un espacio político de transformación. “Como artistas tenemos la responsabilidad de comunicar esas preocupaciones porque tenemos los micrófonos y eso es un privilegio. Ahora vamos por una conciencia global del cuidado de nuestro ambiente. Ahora vamos por dejar de consumir plásticos, por dejar de derrochar la energía. Volver el escenario también un territorio político para poder nombrarnos como humanidad y pensar juntes lo que nos pasa. No bajando línea porque eso anula las posibilidades del diálogo. Haciendo preguntas. Las preguntas abren posibilidades. Las buenas preguntas pueden cambiar el mundo”, reflexiona con una impronta que parece impregnada por las enseñanzas de Paulo Freire.

-¿Cuándo y cómo tomaste la decisión de embarcarte en la música como profesión? Debe haber sido muy fuerte el contraste de comenzar a vivir en Buenos Aires.

-La música como profesión es un trabajo interno sobre mi identidad que vengo realizando en estos últimos años. Mi vida profesional en Buenos Aires comenzó a los 27 en una escuela, dando clases de Lengua y Literatura para adolescentes. Desde ese trabajo yo organizaba mi vida artística. Alargaba mis días como un elástico para poder llegar a hacer y compartir todo lo que quería. Fue muy difícil porque enfermé mi voz. Las clases en aulas antiguas con mala acústica y mi falta de preparación para enfrentar una sobreactividad vocal me devolvía sin voz y con un dolor en el corazón muy grande. No sabía, no entendía lo que significaba estar en una ciudad tan grande como Buenos Aires para mi cuerpo, para mi energía, para mi vida.

Ese fuerte proceso de adaptación se modificó el año pasado. “Tuve la oportunidad de darme cuenta lo que estaba haciendo y mi voz me detuvo, me dio una pausa para entender que no se puede hacer arte desde un automatismo humano. Tampoco enseñar en una escuela. Son dos trabajos que exigen nuestras mentes creativas, conectadas y despiertas y nuestros cuerpos fuertes. Porque nos vinculamos con muchas personas a través de esas actividades. Tenemos el tiempo de aprendizajes, de experiencias emocionales, de experiencias culturales y comunitarias de otros seres humanos en nuestras manos. Yo estaba haciendo lo que podía pero dimensionaba la complejidad e importancia y sabía que no estaba llegando. Necesitaba y necesito -porque es un proceso actual- sentir que estoy entregando mi vida en esas actividades porque es honrar la humanidad que hemos construido y poner cada día un hacer en pos de ser mejores seres. Por estos días maduro la posibilidad de hacerlo desde la música. Es un impulso, una fuerza y un respeto muy grande a la educación. Por eso hablo de un trabajo identitario porque además de todo eso peleo contra lo que se le permite soñar a cada clase social. En la mía, ser «artistas» no es una posibilidad. La música era algo que mis viejos hacían al volver del taller o de limpiar baños en una escuela. Eso también es pesado en la trayectoria de les musiques que luchan por sus sueños desde la pobreza. Todo eso ingresa en esa construcción identitaria. Y cómo dice Susy Shock citando a Marlene Wayar ‘estamos siendo’, en gerundio”. 

Todas esas influencias y nuevas amistades musicales que fueron apareciendo desde su desembarco en Buenos Aires se plasmaron Seraarrebol, el inevitable dúo que formó junto a Nacho Vidal, a quien había conocido varios años antes siguiendo el regreso del Dúo Salteño. Con una impronta tan impredecible como el fenómeno al que hace referencia su nombre (arrebol es la coloración rojiza de las nubes al atardecer) el proyecto se convirtió en una verdadera gema dentro de la música de los últimos tiempos. Halo Bestia, su disco debut (2017), es la clara demostración de ello: una sucesión de canciones minimalistas compuestas por Vidal, con unos finísimos arreglos vocales e invitados de lujo. Una obra que parece nacida de un cruce entre el Cuchi Leguizamón y el Flaco Spinetta, encuentro que nunca sucedió en lo musical, pero que se inmortalizó con esa foto juntos en La Falda 84. Eso sí, les hubiera faltado la luminosa voz de Larcher.

Casi paralelamente a que Seraarrebol nos abría la puerta de un mundo de sensaciones inexploradas, Nadia coronaba un nuevo proceso colectivo con otro disco exquisito: Dueño no tengo de Don Olimpio vio la luz algunos meses después. Bajo la dirección del pianista Andrés Pilar, esta big band folklórica de nueve integrantes en el que la voz de la catarmaqueña es prácticamente un instrumento más, se convirtió un en un gran hallazgo para la música popular de hoy. En ese disco están las recopilaciones de Leda Valladares, Raúl Carnota, Chango Rodríguez (por citar sólo algunos nombres) llevados hacia a otra dimensión, entre el vuelo jazzero y la certeza de que la música no es nadie y es de todos.

-Desde que fuiste ganando más visibilidad en la música popular, siempre optaste por trabajar en dúo o en grupo. ¿Fue una apuesta decidida por proyectos colectivos y no por lo solista?     

-Respeto mucho el trabajo de los artistas que deciden trabajar en ese formato. Para mí es una manera que no tiene correlación con la realidad. Y prefiero participar desde las obras. Es decir, para mí, los dúos o los grupos son obras y en esas obras se trabaja en conjunto, en equipo. A menos que yo quiera hacer de mi nombre mi obra, me parece interesante pensar que lo que construimos es una poética que está fuera del artista. La única manera de leer el horizonte ideológico de lxs artistas es a través de sus obras; es ahí donde se condensa la expresión y la complejidad del hecho artístico. Y aún más en la música que es tan compleja en su materialidad (intangible, invisible).

 Me resulta difícil pensar también en la idea de un solista que trabaja en un equipo de musiques. ¿Qué pasa con la tarea de esxs musiques? ¿Quiénes son? ¿Qué piensan artísticamente? En un equipo de trabajo el diálogo es permanente, las ideas circulan, se enriquecen, se discute, se crea en comunidad, se representa con el cuerpo y el tiempo esa apuesta. Estamos ahí porque creemos en la obra. Y evitamos además que los nombres propios las eclipsen. Me refiero a que termina circulando más el nombre que la obra y eso para mí es un problema. Porque la cultura se va fracturando en la figura del ídolo. Es una decisión pensarme así. Y agradezco a les compañeres que deciden trabajar de esta manera. Yo creo que es un ejercicio para ir contra lo que el mercado nos impone y comenzar a madurar el respeto por otros roles de la música que resultan desde siempre invisibilizados; por ejemplo, el del arreglador o arregladora en el folklore. Es un trabajo que se eclipsa y es importantísimo porque habla de la narrativa, de la trama, de la decisión de cómo comunicar esa obra. Les arregladores son les narradores de la música y sus poéticas definen lineamientos estéticos. A menos que lo hagas sola o solo, la música es un trabajo en equipo. A mí me gusta evidenciar esa realidad. No sé, una pequeña lucha.

La otra gran obra de la que forma parte la cantora es el Proyecto PATO, un verdadero trabajo de investigación y apropiación de las canciones de Luis Víctor Gentilini, un compositor catamarqueño radicado en Tucumán alguna vez versionado por Mercedes Sosa, aunque en general muy poco explorado; un verdadero rescate musical. “Se trata de relecturas notablemente logradas, en las que respeto no es conservación, sino, por el contrario, vitalidad sirviente”, según definía el colega Santiago Giordano en la presentación en sociedad.

Larcher define a cada proyecto en relación con el otro. “Las tres son experiencias artísticas que han tenido procesos creativos diferentes. Eso fue muy enriquecedor para mi conciencia sobre el laburo con la voz porque cada uno pedía algo distinto. Si en Seraarrebol tenía que entender, aprender y cantar con mi compañero Nacho Vidal cuidando la magia de los empastes y la armonización, en Proyecto Pato (junto a Lucas Pierro, Patricio Gómez Saavedra, Gustavo Chenú y Nicolás Fernández) tenía que poner voz a una poesía profunda de los hombres y mujeres de ese norte dolido de los primeros años del siglo XX”.

Mientras que Seraarrebol está en una pausa de trabajo, Proyecto Pato se prepara para presentar la suite Piedra Sola, una obra inédita del Gentilini. Por su parte, Don Olimpio (Agustín Lumerman, Juan Pablo di Leone, Federico Randazzo, Diego Amerise, Milagros Caliva, Juan Manuel Colombo y el mencionado Pilar), acaba de superarse a sí mismo con Mi fortuna, un viaje por los sonidos y colores de las diferentes regiones del país marcando un camino propio sobre canciones de Jorge Fandermole, Atahualpa Yupanqui, Pepe Núñez, José Luis Aguirre, Violeta Parra y otra vez Leda. “Laburamos desde la narrativa que propone Andrés acerca de un mapa heterogéneo de música argentina que el lleva a lugares de belleza pero que se trabaja en un ensamble de ocho y cada une debe trabajar su sonido en su espacio y tiempo para construir la idea del arreglo, para «materializar» la belleza del arreglo”, explica Nadia.

El mini documental que reúne entrevistas con los integrantes del grupo explicando el proceso de cada canción es un material riquísimo y digno de imitar por otros artistas.

-En estos últimos años, el feminismo ha transformado social y culturalmente muchos aspectos de nuestras vidas. ¿Cómo fue en tu caso? Uno de los reclamos que más fuerza ha ganado en este tiempo es el de más mujeres en los escenarios y en los procesos de los festivales.

-El feminismo me cambió la vida y lo sigue haciendo. Mi lucha es transfeminista y estoy en el proceso de aprender sobre la complejidad de lo que sucede. Les compañeres que están narrando este tiempo son muy importantes. Es nuestra lectura obligada. Leemos posteos, fragmentos, cuerpos, nos estamos leyendo en las calles. Hoy, toda esa información es valiosa e importante y es por eso que nos está transformando.

«Por más mujeres en los escenarios» es un reclamo por la igualdad de oportunidades, por las posibilidades laborales y por equidad en la distribución de los recursos por parte del Estado. A mí como música popular me interesa esa parte porque conozco esa realidad: las municipalidades de las ciudades de todo nuestro país organizan -con dinero del Estado- sus fiestas y festivales. Las programaciones visibilizan la predominancia de varones. Las oportunidades para las mujeres, disidencias y minorías son muy pocas. Entonces, el dinero sólo circula entre los varones que mueven la industria de la música en los festivales aprovechando que no hemos madurado una política cultural respecto a este problema. Y eso es desigualdad en la distribución de la riqueza ejercida por los propios gobiernos. Eso es lo que tiene que cambiar para todes, por eso es transfeminista, por eso es una lucha económica, social y política. Siempre que el Estado ponga dinero tiene que garantizar equidad e igualdad en la distribución de la riqueza. Eso es lo que exige el transfeminismo en esta pequeña parte de la lucha.

En sintonía con este pensamiento, Larcher presentó un notable concierto hace un par de años junto con la Orquesta Sin Fin e invitados en el CCK. En aquella oportunidad, el repertorio fue conformado exclusivamente por obras de compositoras argentinas contemporáneas. Una verdadera joya.

– A propósito, se viene la temporada de festivales de verano y los proyectos que integrás no han tenido demasiado espacio hasta aquí. Sí por ejemplo en Cosquín tuviste la posibilidad de cantar en el homenaje a Mercedes. ¿Qué te produce su figura, su voz y qué se diga que sos parte de su legado?  ¿Cómo verías la participación de tus proyectos en estos espacios?

-Son las fiestas populares y estar o no estar siempre define muchas cosas. Respecto a las fiestas organizadas por privados no puedo opinar nada porque hay una política en la programación que está regida por intereses diversos y sobre todo, económicos. Respecto a las fiestas organizadas por el Estado y por los gobiernos municipales me interesa ver diversidad y volvemos a la idea de la igualdad. Y sobre todo que les musiques locales tengan la posibilidad de estar porque son les que sostienen la actividad cultural de la región durante todo el año. Por eso es tan emocionante ver lo que sucede en Cosquín con José Luis Aguirre, Mery Murúa, Paola Bernal. Es precioso. Y más precioso aún lo que sucede en los patios de las casas, en el Encuentro de San Antonio de Arredondo. Todo el año les musiques andamos sosteniendo memorias y relatos, imágenes e historias. Para mí es importante cantarle a las comunidades con la conciencia de la comunidad y no sólo de «público». Por suerte y gestión de las municipalidades de Andalgalá y San Fernando del Valle de Catamarca, pudimos tocar en la Fiesta Nacional del Fuerte de Andalgalá con Seraarrebol y Don Olimpio, con Proyecto Pato en la Casa de la Cultura de Andalgalá y en el Festival del Poncho de San Fernando del Valle de Catamarca. Fueron viajes largos y mucho esfuerzo de mis compañeres y de la comunidad pero lo logramos y siempre voy a estar agradecida de esas experiencias.

El homenaje a Mercedes en la apertura de la última edición de Cosquín fue un momento de enorme visibilidad para Nadia. “Antes que nada, agradecida con el maestro Popi Spatocco que asume el trabajo de transmisión de la memoria de Mercedes Sosa con un compromiso admirable y profundo.  El día del homenaje fue de mucha emoción y les que tuvimos la posiblidad de estar cerca de esa magia que genera Mercedes quedamos transformados. Fue eso, sentir un poquito de la emoción que ella generaba en su pueblo. Fue una lección de entrega muy importante. Además sentir la emoción de sus amigos y amigas que fueron a nombrarla y a manifestarle su amor como Teresa Parodi, León Gieco, Víctor Heredia, Peteco Carabajal, Julia Zenko, fue muy importante. Lo que aprendí de ese momento es que ojalá pueda poner mi vida entera al servicio de la música y generar en algún momento que el pueblo cante junto por el amor a la humanidad, a su tierra, a este misterio que llamamos vida”.

Un comentario para “Nadia Larcher, la cantora de ahora que cuestiona, dialoga y estremece

  1. auqzuouteb dice:

    Muchas gracias. ?Como puedo iniciar sesion?

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