En la piel de Pipo Pescador, fue símbolo de una época en el espectáculo para niños y niñas. Hoy retirado, vive en Alemania y reflexiona sobre el género infantil y su carrera.

Por Pao De Senzi | paodesenzi@gmail.com

Fotos: Gentileza Enrique Fisher y sitio oficial Pipo Pescador


La cultura que se elabora para las infancias, probablemente sea una de las ramas más prolíficas, en cuestión de variedad, de toda la escena cultural Argentina. Los responsables de los contenidos, ya sea música, teatro y todo lo ligado a la edad temprana, han tenido, de alguna manera u otra, la chispa para atraer ese público especial que por cierto, no es fácil captar. Pero ¿cómo han ido transformándose, a través de los años esos contenidos? ¿Quiénes han sido los pioneros? 

En Argentina, la escena infantil toma visibilidad en los años 60, y 70, con artistas como María Elena Walsh, Margarito Tereré (creación de Waldo Belloso), Los Arroyeños, Carlos Balá, Piluso y Julieta Magaña, Plaza Sésamo desde México entre otros, con maneras distintas de trabajar para las infancias. Muchos han permanecido en la memoria de la gente a través de los años. Luego, con el tiempo, fueron surgiendo nuevas figuras, que aggiornados a los tiempos que corrían, descubrieron nuevos públicos infantiles, y éstos a su vez, nuevas formas de entender la cultura. Hoy, Piñón Fijo, Mariano Medina y Coqui Dutto en Córdoba, Magdalena Fleitas, el movimiento MOMUSI, Luis Pescetti, La Maroma en Bariloche, Taky Taky en Salta, los contenidos federales de Pakapaka y Canticuénticos en Santa Fe, por nombrar algunos, son propuestas que conllevan un estilo más actual, con ciertas reminiscencias de aquellos pioneros. 

A través de cuatro décadas, un personaje que llegó de la mano de un entrerriano fue una especie de hilo conductor de ese tiempo. Si bien ya está retirado de los escenarios, sus canciones aún perduran en el imaginario colectivo. Son pocos los que desconocen cómo termina la estrofa: “Vamos de Paseo…. En un auto feo…”.

«Si nadie lee, si no se hace más que ver mala televisión, si no hay temas interesantes, la magia no existe».

Enrique Fischer, ideó un personaje que en principio, contenía su apellido. Pescador es la traducción al español de Fischer, y Pipo le decían en su casa. Enrique nació en Entre Ríos, en el seno de una familia de Alemanes de Hamburgo. En La Plata estudió escenografía, mientras trabajaba en jardines de infantes. En el año 72, debutó en los escenarios y desde ese momento no paró, hasta retirarse, hace unos años. Compuso más de 250 canciones para niños, escribió libros, dirigió obras de teatro y compuso tangos para adultos. En todo dejó su huella. Desde el 2015 reside en Alemania, y desde allí, responde amablemente a esta entrevista exclusiva para De Coplas y Viajeros, donde habla de Pipo, sus cuatro décadas de carrera y su legado.

– Es creador de contenidos para niños, con una línea donde se los hace pensar y además, educa. ¿Qué tan difícil ha sido crear estos contenidos y que a través del tiempo permanezcan vigentes?

– Yo partí de una ideología para ocuparme de los niños. Formé parte de grupos durante mi tiempo en la universidad, que investigaban, se movían buscando nuevas maneras de renovación del modo de dirigirse a ellos. También fui profesor de música en algunos jardines de infantes pioneros en la época y ahí aprendí mucho. Tuve la suerte de compartir tiempo con maestras y maestros brillantes, la mayoría especialistas que me ayudaron a ver qué faltaba, qué había que hacer desde el espectáculo. Los setenta hervían; todo era cambio, aparecía gente con muchísimo talento en todas las áreas y todos nos esforzábamos para producir lo mejor que podíamos. El público concurría a los espectáculos, ganábamos dinero y podíamos movernos con libertad y producir cosas nuevas y de buen nivel.

– ¿Qué recuerdo tiene de la primera vez que subió a  un escenario en la piel de Pipo Pescador?

– Mi hija Carmela nació un 6 de enero de 1972 a la madrugada. Ese mismo día a las tres de la tarde subí al escenario del entonces Anfiteatro Río de la Plata en Palermo, hoy desaparecido. No imaginaba que esa primera aparición sería de tan buen augurio para mí y que el destino me reservaba una  larga y prolífica vida profesional.

Pipo Pescador en el Teatro Astral, 1973

– Hay un cierto estilo en la vestimenta de Pipo y también en los sonidos, y el estilo musical siempre ligado a la música popular argentina. ¿Esto fue pensado especialmente así o surgió naturalmente?

– La vestimenta de Pipo Pescador está marcada por las tradiciones alemanas de mi familia. La boina es un homenaje a los gauchos entrerrianos que vi en mi infancia, heredada de los vascos. También hay un gran aporte de los hippies que en ese momento comenzaban a mostrar sus ropas coloridas, sus melenas y su aspecto no convencional.

– Pipo Pescador fue el puntapié inicial de una carrera que tiene muchas aristas, algunas no tan conocidas. Incluso, algunas de esas facetas han sido precursoras de mucho de lo que hoy se realiza en cuestiones de espectáculos para niños. ¿Es consciente de esto?

– Sí, yo soy consciente de que refresqué el panorama infantil de mi tiempo. Titiriteros magníficos, dramaturgos y cantantes estaban ya trabajando desde mucho tiempo atrás. María Elena Walsh ya desplegaba su magia inigualable, pero faltaba el personaje popular, el ídolo infantil que fuera capaz de jugar con los chicos, que les hablara de libertad y que trajera un hit como fue El auto de papá, capaz de lograr que miles de niños se movieran y jugaran, como nunca antes se había visto. Modestia aparte, los artistas que me siguieron eran en su mayoría seguidores de mi estilo que les aseguraba el éxito. Hasta los payasos españoles Aragón (NR: Gaby Fofó y Miliki), se llevaron a España el auto de papá y arrasaron durante años. Las canciones para bañarse, lavarse los dientes, etcétera, fórmula que hoy se repite en canciones y libros hasta el cansancio surgieron de mi inspiración. Falta nombrar el tema del Acordeón Cirila. El público infantil no había visto un artista que tocara instrumentos en vivo, fuera de los maestros de las escuelas que también lo hacían, pero dentro de un ámbito menos festivo.

– También acercó a una generación de chicos a la lectura, la poesía  y en ella a hablar de cosas como la discapacidad. ¿Cómo surge la idea de escribir (y la decisión de abordar las discapacidades) en María Caracolito, la Campana bajo el agua y Casa sin ventanas?

– Usaré la palabra discapacidad, aunque no termina de convencerme. Estando en Miami, confundí en la piscina del hotel los metros con los pies, y me tiré de cabeza en un sector muy playito. Vino la ambulancia y las radiografías me las sacó un radiólogo con síndrome de down. Luego traté íntimamente a la hermana, también down de una novia que tenía y pude apreciar sus sentimientos, sus capacidades desconocidas para mí y la vieja idea de que esos niños no podían vivir integrados y que había que aislarlos, hizo agua y comencé a estudiar y a escribir. Desde entonces se ha hecho mucho, se han dado pasos de gigante; la tremenda injusticia se va reparando. Yo siento el orgullo de haber puesto un granito de arena. Hoy sabemos que la gente tiene distintas capacidades. Hay personas muy inteligentes que son malas personas, personas muy bellas que no usan el cerebro, «discapacitados» que trabajan, producen y devuelven con creces el esfuerzo de sus padres. La lectura es mi pasión personal y quisiera que los niños lean y disfruten de una de las actividades más importantes de la vida. Hice todo lo posible para difundirla. La casita del libro en la feria anual, La magia de leer, un libro destinado a interesar a los niños por la palabra escrita. La poesía para niños siempre existió. Solamente que las más antiguas suelen tener algunos versos crueles algunas veces y otras (especialmente las producidas para afirmar a los regímenes políticos en las escuelas) traen ideas trasnochadas, fascistas, hoy inaceptables. Grandes poetas infantiles han dejado maravillas.

Pipo con su acordeón Cirila

– Hoy los niños están inmersos casi en la misma realidad que los adultos. Y las redes son muchas veces ese vínculo de los niños con lo que pasa. Esto incluye también la actividad cultural. ¿Cuál es su opinión al respecto? 

– El juego remedia todos los males; el juego entre niños. Pretender que un niño que vive en un pequeño departamento ignore la vida de los mayores es imposible. Pretender que no se interese por las redes también, pero la solución es moderar esas actividades. Mucha plaza, mucho deporte, muchos amigos, mucho aire libre ayudan, pero todo eso cuesta dinero y tiempo en las grandes ciudades. La pandemia ha sido nefasta. Costará mucho revertir las costumbres de los chicos encerrados. La energía no puede detenerse. Lo cultural depende de los padres y del ambiente. Si se respira cultura en el hogar, el chico también estará incluido. Si nadie lee, si no se hace más que ver mala televisión, si no hay temas interesantes, la magia no existe.

– ¿Qué cosas le llaman la atención de la escena infantil? ¿Cómo ve el panorama cultural ligado a la infancia?

– Vivo hace 6 años en Alemania y sólo me entero del panorama político. No tengo la menor idea de lo que se hace para niños actualmente. Hasta que me vine en 2015 no había nada nuevo, siempre lo mismo, cantantes con muñecos, todos los años una más joven, los teatros copados por las empresas de televisión que ponen productos previamente publicitados en pantalla y nada más. Por supuesto, siempre hubo y habrá grupos llenos de talento y fervor por los chicos. Siempre hubo y habrá autores y compositores que teniendo la oportunidad podrían lograr sucesos enormes, pero esa oportunidad no aparece si antes no hay un contrato televisivo y la aceptación de las reglas de juego que son inapelables.

– También se dio el gusto de componer tangos, con temáticas bien adultas. ¿Cómo surge esa línea y propuesta?

– El tango es una de mis pasiones, mi madre cantaba muy bien y me enseñó muchos, en mi juventud. Fui amigo de Edmundo Rivero, de Alberto Podestá y de Roberto Goyeneche y desde muchos años atrás  tenía compuestos varios tangos. Intenté mostrarlos un tiempo antes de venirme a vivir a Europa, pero no logré que la gente aceptara esa nueva faceta. Creo que son buenos y antes de salir del país, los grabé para dejar la posibilidad de que alguien en el futuro se interese por ellos.

Enrique Fisher vive en Alemania hace 6 años

– ¿Qué balance hace de estos 50 años de carrera? 

– En realidad son cuarenta, porque después del Sapo Pepe en la Calle Corrientes, ya no volví a actuar nunca más. Fue una hermosa profesión la que elegí, tuve todos los premios posibles (menos el Martín Fierro, ja ja), soy recordado con afecto por la gente, la prensa siempre me apoyó y me tocó vivir una época en que todavía se conseguía teatro, los contratos con la tv eran menos feroces, la gente iba en masa a los espectáculos y los artistas eran apreciados como personas con un don especial. Hoy todos «son» artistas, se prioriza la exposición; primero salir en pantalla y luego ver que se puede hacer con la fama.

Pude publicar muchos libros, vi colas interminables en la feria del libro para conseguir mi autógrafo en los libros, comprados con ilusión. Sólo guardo una frustración que nunca podre disolver: el no haber tenido la oportunidad de una temporada oficial en el Teatro San Martín de Buenos Aires, con los medios técnicos y artísticos de esa bella sala. Lamentablemente mi tiempo trascurrió paralelo al de funcionarios atornillados en sus puestos y en sus compromisos personales, que no le dejaban lugar para recibirme siquiera y escuchar mi propuesta.

– ¿Cuál es el presente de Enrique Fischer?

– Vivo frente al bosque salvaje de Odenwald, en una casa encaramada en lo alto, desde allí veo el valle y el pueblo medioeval. Tengo una casa grande que comparto con mi hija y su familia, hago interminables caminatas diarias con mi perro Max, viajo mucho a España y Francia adonde tengo amigos. El maldito COVID ha cambiado bastante mis rutinas. Dedico horas a leer, miro diariamente las noticias de Argentina, hago asados en el jardín los días soleados y disfruto del largo invierno blanco, porque siempre me gustó el frio. Toco el piano; a veces doy conciertos de tango clásicos con mi yerno, el guitarrista Willy Burgos, y vivo tranquilo una vida de abuelo, en este país, adonde se originó mi familia y que yo siento mi hogar. Estoy orgulloso y agradecido por mi pasado en la querida Argentina, pero hoy Alemania es mi país y Pipo Pescador es una foto lejana en el tiempo, que miro con afecto y a veces me hace sonreír.

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